La ausencia también construye: el vacío como espacio para el otro (y su imposibilidad en el mundo de Monopoly)
La ausencia también construye:El vacío como espacio para el otro (y su imposibilidad en el mundo de Monopoly)
Juan David Villabón Rodríguez
En la arquitectura contemporánea es común asociar el vacío con la falta: de uso, de función, de materia o de programa. Sin embargo, algunas miradas críticas, tanto filosóficas como artísticas, han mostrado que el vacío no es ausencia, sino disposición. No es aquello que falta, sino lo que se abre para que algo (o alguien) ocurra. Esta noción, que desplaza el énfasis del objeto hacia la relación, es central tanto en la filosofía de Jan Patočka como en la obra espacial de Jorge Oteiza. Ambos, desde campos distintos, nos invitan a pensar el diseño no como construcción de llenos, sino como creación de condiciones para el encuentro, para la comunidad y para el otro.
Jan Patočka plantea una filosofía del cuerpo y del mundo desde la experiencia vivida. El espacio no es un escenario neutral, sino una dimensión abierta por el movimiento del cuerpo y por su relación con otros cuerpos. Esta espacialidad no es privada ni individualista: es intercorpórea. Para que el otro aparezca como otro, el espacio debe ceder, permitir, disponerse. En otras palabras, debe vaciarse de control para abrirse a la imprevisibilidad del encuentro.
Diseñar, desde esta perspectiva, no es solamente llenar de formas, programas o funciones, sino abrir huecos habitables, crear márgenes donde el otro tenga posibilidad de existir. Aquí el vacío no es lo contrario de la arquitectura, sino una de sus condiciones más radicales: el vacío como hospitalidad.
Este principio se materializa poderosamente en la obra de Jorge Oteiza, quien transforma la escultura en una búsqueda de la desocupación activa del espacio. En su etapa final, Oteiza deja de producir esculturas como objetos y comienza a vaciarlas desde adentro. Crea cajas abiertas, cuerpos huecos, esquinas incompletas. El interés no está en el volumen, sino en lo que queda fuera de él: el espacio que se ofrece, que invita, que espera.
Estas esculturas son umbrales, no posesiones; son estructuras de disponibilidad. Cada pieza es una ausencia significativa, un vacío cargado de sentido. Y lo es porque está pensada no como fin en sí misma, sino como espacio para el otro: el espectador, el habitante, el cuerpo que aún no ha llegado.
Sin embargo, en contraste con esta apertura, vale la pena mirar un sistema que representa su antítesis: el juego de mesa Monopoly. En él, el espacio está completamente estructurado desde la lógica de la propiedad, el control, la acumulación. Cada casilla tiene dueño, función, valor económico. No hay zonas grises ni márgenes de reapropiación. El espacio no se dispone: se cierra, se privatiza, se compra.
En Monopoly, no existe el vacío; solo hay espacios en disputa. Nadie puede simplemente detenerse o quedarse. Cada movimiento implica una transacción, un riesgo, un castigo o una recompensa. La relación con el otro no es de reconocimiento ni de aparición, sino de competencia. El espacio no es compartido, sino conquistado.
Este juego nos ofrece una metáfora potente de lo que ocurre cuando el diseño deja de pensar el habitar como apertura y lo convierte en control absoluto. ¿Cuántos espacios urbanos, hoy, operan como tableros de Monopoly? ¿Cuántos están pensados para el otro, para lo común, para lo inesperado? ¿Y cuántos están diseñados para maximizar la posesión, la visibilidad o el rendimiento económico?
Frente a esto, la lección de Oteiza y Patočka es ética: habitar implica cuidar el vacío. Diseñar no es solamente prever lo que ocurrirá, sino dejar espacio para lo que no se puede prever. Y ese espacio, muchas veces, no se construye llenando, sino retirándose. La arquitectura no es solo forma, sino marco para el encuentro.
Un ejemplo tangible de este pensamiento espacial es la obra Construcción Vacía (1957–2002) de Jorge Oteiza, instalada en el espacio público frente al Museo Artium en Vitoria-Gasteiz. Se trata de una escultura abierta, hueca, sin volumen central, que no pretende delimitar el espacio, sino disponerlo. La obra actúa como una presencia simbólica que no se impone sobre el entorno, sino que lo modifica silenciosamente, creando un lugar sin programa, sin instrucciones, disponible para ser habitado de múltiples maneras. En torno a esta estructura, se configura un vacío que, más que ausencia, deviene escenario para la permanencia, el juego y el encuentro informal.
Este tipo de lugar se convierte en lo que podríamos llamar un catalizador de comunidad: un espacio que, sin determinar funciones específicas ni imponer usos, permite el encuentro, la improvisación, la relación inesperada. Como en las esculturas de Oteiza, el valor no está en lo que el espacio contiene, sino en lo que convoca. El diseño se vuelve acto generoso: no reclama protagonismo, sino que lo cede al otro. Y ese gesto —retirarse para dejar lugar— es quizás una de las formas más radicales y urgentes de arquitectura contemporánea.
BIBLIOGRAFIA
Oteiza, J. (1963). Propósito experimental. San Sebastián: Editorial Nerea.
Patočka, J. (1976). Cuerpo, comunidad, mundo: ensayos heréticos sobre la filosofía de la historia (trad. T. Padilla). Madrid: Trotta, 2008.
Peña Ganchegui, L., & Oteiza, J. (1982). Plaza del Pórtico, Vitoria-Gasteiz [proyecto urbano]. Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz / Gobierno Vasco.
Hasbro Gaming. (n.d.). Monopoly Classic Game. Pawtucket, RI: Hasbro Inc.
En la arquitectura contemporánea es común asociar el vacío con la falta: de uso, de función, de materia o de programa. Sin embargo, algunas miradas críticas, tanto filosóficas como artísticas, han mostrado que el vacío no es ausencia, sino disposición. No es aquello que falta, sino lo que se abre para que algo (o alguien) ocurra. Esta noción, que desplaza el énfasis del objeto hacia la relación, es central tanto en la filosofía de Jan Patočka como en la obra espacial de Jorge Oteiza. Ambos, desde campos distintos, nos invitan a pensar el diseño no como construcción de llenos, sino como creación de condiciones para el encuentro, para la comunidad y para el otro.
Jan Patočka plantea una filosofía del cuerpo y del mundo desde la experiencia vivida. El espacio no es un escenario neutral, sino una dimensión abierta por el movimiento del cuerpo y por su relación con otros cuerpos. Esta espacialidad no es privada ni individualista: es intercorpórea. Para que el otro aparezca como otro, el espacio debe ceder, permitir, disponerse. En otras palabras, debe vaciarse de control para abrirse a la imprevisibilidad del encuentro.
Diseñar, desde esta perspectiva, no es solamente llenar de formas, programas o funciones, sino abrir huecos habitables, crear márgenes donde el otro tenga posibilidad de existir. Aquí el vacío no es lo contrario de la arquitectura, sino una de sus condiciones más radicales: el vacío como hospitalidad.
Este principio se materializa poderosamente en la obra de Jorge Oteiza, quien transforma la escultura en una búsqueda de la desocupación activa del espacio. En su etapa final, Oteiza deja de producir esculturas como objetos y comienza a vaciarlas desde adentro. Crea cajas abiertas, cuerpos huecos, esquinas incompletas. El interés no está en el volumen, sino en lo que queda fuera de él: el espacio que se ofrece, que invita, que espera.
Estas esculturas son umbrales, no posesiones; son estructuras de disponibilidad. Cada pieza es una ausencia significativa, un vacío cargado de sentido. Y lo es porque está pensada no como fin en sí misma, sino como espacio para el otro: el espectador, el habitante, el cuerpo que aún no ha llegado.
Sin embargo, en contraste con esta apertura, vale la pena mirar un sistema que representa su antítesis: el juego de mesa Monopoly. En él, el espacio está completamente estructurado desde la lógica de la propiedad, el control, la acumulación. Cada casilla tiene dueño, función, valor económico. No hay zonas grises ni márgenes de reapropiación. El espacio no se dispone: se cierra, se privatiza, se compra.
En Monopoly, no existe el vacío; solo hay espacios en disputa. Nadie puede simplemente detenerse o quedarse. Cada movimiento implica una transacción, un riesgo, un castigo o una recompensa. La relación con el otro no es de reconocimiento ni de aparición, sino de competencia. El espacio no es compartido, sino conquistado.
Este juego nos ofrece una metáfora potente de lo que ocurre cuando el diseño deja de pensar el habitar como apertura y lo convierte en control absoluto. ¿Cuántos espacios urbanos, hoy, operan como tableros de Monopoly? ¿Cuántos están pensados para el otro, para lo común, para lo inesperado? ¿Y cuántos están diseñados para maximizar la posesión, la visibilidad o el rendimiento económico?
Frente a esto, la lección de Oteiza y Patočka es ética: habitar implica cuidar el vacío. Diseñar no es solamente prever lo que ocurrirá, sino dejar espacio para lo que no se puede prever. Y ese espacio, muchas veces, no se construye llenando, sino retirándose. La arquitectura no es solo forma, sino marco para el encuentro.
Un ejemplo tangible de este pensamiento espacial es la obra Construcción Vacía (1957–2002) de Jorge Oteiza, instalada en el espacio público frente al Museo Artium en Vitoria-Gasteiz. Se trata de una escultura abierta, hueca, sin volumen central, que no pretende delimitar el espacio, sino disponerlo. La obra actúa como una presencia simbólica que no se impone sobre el entorno, sino que lo modifica silenciosamente, creando un lugar sin programa, sin instrucciones, disponible para ser habitado de múltiples maneras. En torno a esta estructura, se configura un vacío que, más que ausencia, deviene escenario para la permanencia, el juego y el encuentro informal.
Este tipo de lugar se convierte en lo que podríamos llamar un catalizador de comunidad: un espacio que, sin determinar funciones específicas ni imponer usos, permite el encuentro, la improvisación, la relación inesperada. Como en las esculturas de Oteiza, el valor no está en lo que el espacio contiene, sino en lo que convoca. El diseño se vuelve acto generoso: no reclama protagonismo, sino que lo cede al otro. Y ese gesto —retirarse para dejar lugar— es quizás una de las formas más radicales y urgentes de arquitectura contemporánea.
BIBLIOGRAFIA
Patočka, J. (1976). Cuerpo, comunidad, mundo: ensayos heréticos sobre la filosofía de la historia (trad. T. Padilla). Madrid: Trotta, 2008.
Peña Ganchegui, L., & Oteiza, J. (1982). Plaza del Pórtico, Vitoria-Gasteiz [proyecto urbano]. Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz / Gobierno Vasco.
Hasbro Gaming. (n.d.). Monopoly Classic Game. Pawtucket, RI: Hasbro Inc.
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