El cuerpo como fundamento del espacio.
En la clase se han establecido innumerables aproximaciones críticas, sensibles y conceptuales hacia el fenómeno arquitectónico. Desde el planteamiento creado por August Schmarsow en su obra "La esencia de la creación arquitectónica", se asume que la arquitectura no puede ser simplemente una operación técnica, ni tampoco pura belleza, sino que es directamente una emanación de la experiencia de lo corporal, es la manifestación de la espacialidad que emerge del ser del sujeto en su entorno. A partir de esta mirada emergen multitud de intereses muy variados pero que tienen un punto en común: el reconocimiento del cuerpo como origen y medida de la espacialidad. Sobre esta premisa emergen líneas temáticas relativas a la percepción, el movimiento, la proporción, el rito, la intimidad, la escala y el habitar.
Uno de los enfoques recurrentes ha sido la
percepción del espacio, entendida desde la perspectiva de que el cuerpo no solo
camina por el espacio, sino que lo experimenta a través de los sentidos. Lo que
da lugar a una reflexión sobre cómo materiales como la piedra, la madera o el
hormigón despiertan sentimientos a través de sus texturas, temperaturas o su
resonancia, o a cómo la luz natural modifica la percepción del lugar, junto con
la atmósfera interior y el estado de ánimo del habitante.
El movimiento corporal y la orientación
espacial también pasan a cobrar relevancia. A partir de la afirmación de
Schmarsow de que, llevamos con nosotros un sistema de ejes (vertical, horizontal
y de profundidad), entendemos el espacio como una extensión de los gestos del
cuerpo. Así, conceptos como recorrido, umbral, ritmo espacial y desplazamiento
pasan a ser claves para pensar una arquitectura que se viva desde el cuerpo, en
un continuo diálogo kinestésico entre sujeto y forma construida.
También se manifiesta un gran interés por los
espacios de recogimiento e introspección, esos donde el cuerpo no solo recorre
sino que también se detiene, contempla o se reconoce. En este sentido, el
espacio se concibe como envolvente simbólica, que evoca silencio, acoge y
proyecta espiritualidad. La arquitectura es entonces concebida como contenedor
de emociones, que es capaz de expresar lo íntimo, lo ritual o lo sagrado.
Además la búsqueda de la relación
espacio-colectividad, hace posible entender que la arquitectura también moldea
identidades compartidas. A partir de esta consideración se reflexiona sobre
cómo ciertas configuraciones espaciales propician o sugieren el encuentro, la
expresión pública, la memoria colectiva; es así como se concibe el espacio como
representación de una comunidad o institución, como extensión simbólica de lo
social. La tensión entre interior y exterior, permite reconocer que el cuerpo
opera como mediador entre ambos. Elementos como patios, corredores, pórticos o
ventanas son valorados como zonas de transición entre lo íntimo y lo colectivo,
entre el resguardo y la exposición.
Todos estos intereses juntos ofrecen una
visión única y singular: la arquitectura no es un objeto, es una acción viva y
sensible de construcción de espacio, inseparable del cuerpo humano. El espacio
arquitectónico es como señala Schmarsow, la reproducción simbólica del cuerpo,
la extensión tridimensional del modo de habitar e interpretar el mundo.
| Fuente: https://www.casa33.es/wp-content/uploads/2016/04/3-BAJA.png |
| Fuente: https://www.turismoreligioso.travel/wp-content/uploads/2020/10/Capilla-de-Notre-Dame-du-Haut-ventanas.jpg |
En conclusión, los intereses se convergen en
una misma dirección: la arquitectura como extensión del cuerpo y manifestación
de lo humano. A partir de esta comprensión, se abre la posibilidad de pensar el
diseño no como una solución técnica, sino como una poética del espacio,
donde el cuerpo es tanto origen como medida de la creación arquitectónica.
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