La clase explora cómo la intersección entre el cuerpo, el espacio y la percepción es fundamental para repensar críticamente las bases de la arquitectura y el diseño contemporáneo. Se puede considerar que en la fenomenología de Maurice Merleau-Ponty, particularmente en su obra El ojo y el espíritu, existe un camino que nos permite entender cómo nuestra experiencia encarnada desafía los paradigmas tradicionales.
El filósofo Maurice Merleau-Ponty cuestiona la forma en que la ciencia ve el mundo, es decir, como un conjunto de objetos que pueden ser medidos y manipulados. Esto argumenta que esta visión ignora la experiencia fundamental que tenemos a través de nuestro cuerpo. Nuestro cuerpo no es solo un objeto en el mundo, sino el punto de partida desde el cual percibimos y damos sentido a todo lo que nos rodea. Para él, el mundo no es una colección de cosas separadas, sino algo que experimentamos y comprendemos a través de nuestra interacción corporal con él. Desde esta perspectiva, la arquitectura deja de ser solo una disciplina técnica y se convierte en una forma de pensamiento que se manifiesta a través de nuestro cuerpo. Es decir, la arquitectura no solo crea edificios, sino que moldea nuestra experiencia del espacio y, al hacerlo, nos permite "ser" de una manera particular.
Teniendo en cuenta lo anterior se puede decir que existe una tendencia en la que la ciencia y la arquitectura reducen el mundo a datos y funciones, olvidando la experiencia humana. En varias ocasiones se diseña sin considerar cómo el cuerpo interactúa con el espacio, creamos lugares vacíos, sin la riqueza y el misterio que nos permiten conectar verdaderamente con ellos. Un buen diseño debe fascinarnos y activarnos a través de nuestros sentidos, en lugar de simplemente servir a una función.
Para entender un poco más la trascendencia de la arquitectura, se presenta una analogía de esta con la pintura; Merleau-Ponty argumentaba que, al igual que la pintura, la arquitectura no solo nos muestra un espacio, sino que nos permite experimentarlo con el cuerpo. Los elementos como los materiales, el color, la luz y la textura no son solo adornos; en realidad, revelan aspectos invisibles del espacio, evocando recuerdos y emociones que nos hacen sentir presentes de una manera profunda.
Merleau-Ponty nos invita a ver el espacio no como algo separado de nosotros, sino como una extensión de nuestro propio cuerpo y de lo que podemos hacer. Él dice que "el mundo visible y mis acciones son parte del mismo Ser". Esto significa que lo que vemos y cómo nos movemos en el mundo están profundamente conectados. Él explica que "lo que veo está a mi alcance, al menos al alcance de mi mirada". Esto cambia nuestra idea de la arquitectura. Los edificios y lugares no son solo estructuras rígidas, sino que invitan a nuestros cuerpos, a nuestras miradas y a encuentros silenciosos. Un espacio, está lleno de posibilidades, de un "yo puedo" que lo hace un lugar donde podemos vivir y ser.
Inspirado por el pintor Cézanne, Merleau-Ponty no ve la profundidad como una simple tercera dimensión (como en un mapa o un plano), sino como algo mucho más profundo: una "explosión del Ser". Es aquello que nunca se revela por completo, que siempre se sugiere, que se insinúa y queda en el aire. Las arquitecturas que se alejan de la perspectiva tradicional, ósea de aquella que busca controlar y hacer que todo sea uniforme, permiten que las cosas se mezclen y se superpongan porque están fuera una de otra. Esto crea espacios que no se entienden con solo mirarlos, sino que se descubren al explorarlos con nuestro cuerpo, al sentir su misterio y su complejidad.
Para demostrar las anteriores consideraciones, se propone como referencia arquitectónica La Casa Gilardi, construida en 1976 por Luis Barragán, la cual representa lo anteriormente mencionado. Más que un conjunto de formas funcionales, la vivienda es más que un conjunto de espacios funcionales. Es una experiencia que invita al cuerpo a percibir, recorrer y contemplar. En lugar de imponer un camino, el espacio se despliega y se ofrece como una secuencia de revelaciones
Desde el acceso, un pasillo estrecho y vibrante, iluminado cenitalmente y pintado de un amarillo intenso, impulsa al cuerpo hacia una zona de luz. Este tránsito no es meramente funcional; es una experiencia táctil, visual y kinestésica. La profundidad no se mide, se vive. La arquitectura no orienta la mirada, sino que convoca al desplazamiento.
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En la Casa Gilardi, la profundidad no es evidente a primera vista . En cambio, las ventanas enmarcan vistas fragmentadas de paredes pintadas, destellos del cielo o reflejos. Esto crea una experiencia de veladura y revelación : el espacio se resiste a ser comprendido con una sola mirada. Confirma la idea de Merleau-Ponty de que «el espacio no está dado; se construye en la intersección entre quien ve y lo visto».
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En la piscina cubierta, la luz se filtra en bandas cambiantes , proyectando formas efímeras sobre el agua y las paredes. Esta luz no solo ilumina; actúa activamente. Ajusta la temperatura visual, despierta el cuerpo y organiza el ritmo interno del espacio. Este no es un lugar para explicar; es un lugar para sentir. Como diría Merleau-Ponty: «Lo que veo está a mi alcance... realzado en el mapa del 'puedo'»
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En conclusión, la fenomenología de Merleau-Ponty nos invita a repensar la arquitectura no solo como una técnica de construcción, sino como una forma en que el mundo se materializa . Desde esta perspectiva, el espacio no solo contiene el cuerpo; emerge con él, lo extiende y lo afecta .
La Casa Gilardi no es simplemente un ejemplo de maestría formal. Es un lugar donde la arquitectura se transforma en cuerpo, donde el color, la luz y el movimiento no se imponen, sino que despiertan un eco en nuestro cuerpo.
Planteas una reflexión pertinente al basarte en la fenomenología de Merleau-Ponty para pensar la arquitectura como experiencia encarnada. Frente a una disciplina que tiende a lo técnico y visual, se valora aquí una mirada que devuelve al cuerpo su papel central en la percepción del espacio. La Casa Gilardi ilustra bien esta postura, se trata de una arquitectura que se siente y se descubre. Así, el espacio deja de ser un fondo neutro para volverse acontecimiento sensible, reafirmando que habitar es, ante todo, una experiencia corporal.
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