Casa Poli y el espacio de la topografía a la presencia - VALENTINA DIAZ RODRIGUEZ

Existen algunas arquitecturas que no se abren a la vista, sino que se dejan escuchar, oler, acariciar. Construcciones que no se ofrecen al espectáculo, sino que se manifiestan lentamente, como si esperaran que el cuerpo se afine para experimentarlas. En ellas, la experiencia no es un acto visual, sino un estado del cuerpo. Se habita no desde el reconocimiento formal, sino desde la resonancia: la vibración sutil de la materia, del aire, del tiempo contenido en un muro.


La Casa Poli, obra del estudio chileno Pezo von Ellrichshausen, da forma a esta sensibilidad. Erguida en lo alto de un acantilado frente al Pacífico, se insinúa como un cuerpo mineral, cerrado, casi mudo. No obstante, aquella materialidad austera esconde una condición profunda, táctil y sonora. Su materialidad —hormigón a la vista, sin revestimientos, sin ornamentos— no pretende agradar a la vista, sino que invita al cuerpo a una experiencia de proximidad. Como señala Juhani Pallasmaa,la arquitectura auténtica no se limita a la dimensión visual, sino que implica a todo el cuerpo, especialmente a través del tacto y del oído, sentidos que históricamente han sido marginados en la práctica arquitectónica moderna.

La casa va dando muestras, desde el primer contacto, de lo que no es verbal: lo que la piel siente. El eco seco del hormigón ante cada paso, el silencio espeso que se va depositando también en sus rincones, la rugosidad del muro al contacto con la mano, etcétera, todo ello va a conducir a una arquitectura que no comunica ideas, sino estados .Pallasmaa advierte que “la arquitectura ofrece una experiencia existencial concreta y multisensorial” (2005), y es precisamente esa vivencia encarnada la que activa la Casa Poli. No se trata de representar, sino de hacer sentir.

La luz, en lugar de ser un elemento espectacular, se dosifica. Entra sin dramatismo, filtrada por cortes precisos en el muro, como si se midiera no solo en intensidad, sino en temperatura, en tiempo. No hay vistas abiertas al mar; el paisaje no se enmarca, se escucha. En el interior, la sombra, en cambio, puede más y hace visible la textura del material, la captación del paso del día. Esta penumbra no deviene un déficit, se convierte, al contrario, en una cualidad perceptiva: en la sombra, tal como sugiere Pallasmaa, los sentidos se agudizan y el cuerpo se hace más receptor. La claridad no invade, sino que roza, revela y activa.


Pero esta arquitectura no se puede percibir únicamente en aquello que es inmediato; se incorpora además en profundidad en el lugar: Su volumen se posa con firmeza sobre una base mínima, elevada del suelo, permitiendo que el viento, el sonido del mar y el frío pasen por debajo. La casa no se impone al terreno, se acomoda, lo prolonga. Aquí resuenan las ideas de David Leatherbarrow, para quien la buena arquitectura es aquella que se deriva de las condiciones topográficas y atmosféricas del lugar. No se trata de adaptar la forma a un lugar adecuado sino de dejar que el lugar hable a través de la forma

En este proyecto, incluso la función desaparece como prioridad. Aunque se pensó como residencia temporal y espacio cultural, su uso se diluye ante la intensidad de su atmósfera.  No hay pasillos que estructuren un sentido de circulación del orden en el espacio ni jerarquías espaciales definidas. Cada habitación se vincula con la otra a través de escaleras o desniveles que obligan al cuerpo a adaptarse, a estar atento. La inestabilidad que esto pueda acarrear a la condición de la casa, que puede ser considerada como desagradable, también lo es en el sentido de afinarse: obliga a una relación consciente con el espacio. Aquí resulta pertinente el pensamiento de Alberto Pérez-Gómez, quien propone entender la arquitectura como un arte de la attunement, una sintonía profunda entre cuerpo, espacio y significado. La Casa Poli no comunica mediante signos, sino que sintoniza a través de presencias materiales. El cuerpo, al habitarla, no interpreta, sino que se deja afectar.

Nada en esta casa está hecho para ser explicado. No hay gestos evidentes ni guiños simbólicos. En cambio, en su silencio formal se activa una espacialidad intensamente elocuente: una vibración lenta y profunda que se produce en la sombra, en el eco, en la materia que respira con el clima. Como en las atmósferas descritas por Pérez-Gómez, aquí la arquitectura se vuelve “lugar de encuentro entre la interioridad del cuerpo y la exterioridad del mundo”.

Habitar la Casa Poli es, en cierto modo, devolverle al cuerpo su capacidad de conocer sin palabras. Una experiencia que desactiva la distancia visual y activa un saber más antiguo: el del tacto, el equilibrio, la memoria somática. En un contexto arquitectónico saturado de imágenes, esta obra propone lo contrario: una arquitectura que se demora, que se habita con lentitud, que se oye con la piel.

Quizá ese sea su mayor valor: recordar que el espacio no es solo contenedor de funciones o escenario de significados, sino una materia viva que vibra en contacto con quien la recorre. Que el cuerpo no es un espectador, sino un instrumento afinado por el entorno. Y que la arquitectura, cuando es verdadera, no necesita decir nada para ser profundamente sentida.


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