Medida arquitectónica: de Heidegger y Schmarsow a lo digital, analizando el caso de la escuela Munkegård
Hemos visto dos visiones acerca de “La medida”, quisiera hacer hincapié en este concepto: la arquitectura, entendida como la práctica que configura el espacio habitable, ha estado siempre atravesada por la cuestión de la medida. Este concepto, lejos de reducirse a un procedimiento técnico o cuantitativo, incluso de dimension simple, como estamos acostumbrados, adquiere una dimensión profunda cuando se analiza desde marcos filosóficos. August Schmarsow y Martin Heidegger, desde enfoques distintos, coinciden en reconocer que la medida no es un simple sistema de proporciones, sino una manifestación del modo en que el ser humano se relaciona con el mundo, lo percibe y lo habita.
En el pensamiento de Schmarsow, la arquitectura es definida como una Raumgestalterin, una creadora de espacio que parte de la intuición sensorial y corporal del mismo. La experiencia espacial nace del cuerpo humano, y desde él se organizan las coordenadas fundamentales que estructuran nuestra comprensión del entorno. Schmarsow identifica un sistema de ejes corporales: vertical, horizontal y de profundidad, que surgen de la postura erguida, del movimiento y de la visión, estableciendo así una geometría vivida. El cuerpo es tanto origen como medida del espacio. En esta perspectiva, la arquitectura no impone el espacio, sino que lo articula a partir de las condiciones perceptivas y escalares del sujeto.
Particular relevancia tiene el eje vertical, que se manifiesta en el cuerpo erguido como un meridiano invisible que no requiere materialización arquitectónica. Es el sujeto mismo quien lo porta. El eje de profundidad se activa mediante el desplazamiento hacia adelante y la mirada, dando sentido a la noción de habitabilidad. Por su parte, el eje horizontal está relacionado con la extensión de los brazos y la capacidad de abrazar el entorno. Cada uno de estos ejes expresa no solo dimensiones físicas, sino también niveles de experiencia vital. Schmarsow concibe la medida como una traducción sensible y proporcional del cuerpo al espacio, afirmando que la arquitectura no puede desligarse del hombre físico y perceptivo.
Por otro lado, Heidegger ofrece una lectura radicalmente distinta, enfocada no en la corporeidad, sino en el modo en que los mortales habitan el mundo. En su texto “Construir, habitar, pensar”, propone que el acto de construir (bauen) no tiene su fundamento en la técnica, sino en el habitar (wohnen), que es la forma esencial del ser del hombre sobre la tierra. Este habitar se realiza en la custodia de la Cuaternidad —la Tierra, el Cielo, los Divinos y los Mortales—. El lugar construido no es una delimitación espacial en función del cuerpo, sino una reunión de estos cuatro elementos fundamentales del mundo. Es el lugar (Ort) quien otorga el espacio, no el sujeto.
Desde esta perspectiva, Heidegger distingue entre dos formas de concebir la medida del espacio. Por un lado, la tradición moderna, heredera del pensamiento científico y matemático, entiende el espacio como extensio, un ámbito continuo y homogéneo en el que los cuerpos se sitúan y desplazan, una extensión cuantificable. Asociado a esto, el spatium se concibe como el “entre” medible, el intervalo geométrico entre puntos, reducido a una abstracción. Pero para Heidegger, esta concepción no da cuenta del carácter originario del espacio.
La medida fundamental no es la que se aplica al spatium como intervalo ni a la extensio como magnitud abstracta, sino aquella que está encargada por la Cuaternidad. Esta medida no se calcula: se escucha. Es la medida que rige el bauen auténtico, aquel que construye lugares que reúnen el mundo. El lugar no está dentro del espacio: el lugar otorga el espacio. Y solo desde estos lugares otorgados es posible que el espacio se espacie, que surjan los parajes que luego serán, eventualmente, medidos. En este sentido, la medida no proviene del sujeto ni de su corporeidad, sino de la relación cuidadosa con aquello que da el mundo como mundo.
Así, mientras Schmarsow fundamenta la medida arquitectónica en la corporalidad, la percepción y la intuición espacial del sujeto, Heidegger desplaza la medida hacia el orden ontológico, donde el espacio no es algo que se mide, sino algo que se otorga. En uno, la medida es cuerpo vivido; en el otro, es mundo reunido. La arquitectura, en tanto mediación entre uno y otro, se sitúa como el arte de hacer presente una medida que no se impone, sino que se revela.
Estas reflexiones conducen inevitablemente a pensar en cómo, a pesar de sus diferencias, tanto Heidegger como Schmarsow coinciden en abordar la noción de medida desde una relación íntima con el cuerpo, o al menos con la experiencia humana del habitar. En contraste, la práctica arquitectónica contemporánea se ha desplazado hacia la mediación digital, donde el diseño se realiza casi exclusivamente a través de pantallas, en vistas aéreas y perspectivas de "ojo de pájaro", guiadas por requerimientos funcionales o normativos. Esta condición técnica exige una pericia digital cada vez mayor para poder recuperar aproximaciones sensibles al espacio. En este contexto, la forma en que Schmarsow habla de la percepción espacial, de la vivencia del espacio desde el cuerpo, resulta no solo vigente, sino urgente. Ningún software puede sustituir esa dimensión fenomenológica del espacio vivido. No obstante, no me detendré más en este punto, pues me interesa ahora mencionar brevemente un proyecto que, en mi opinión, logra encarnar de forma ejemplar esa “justa medida” que ambos autores, desde diferentes perspectivas, proponen.
El proyecto de la Escuela Munkegård, diseñado por Arne Jacobsen, constituye un ejemplo paradigmático de Mat-Building, en el que la arquitectura se concibe como un sistema articulado más que como un objeto aislado. Esta lógica sistémica no solo organiza funcionalmente la vida al interior del edificio, sino que también manifiesta una cuidadosa atención a la medida y la escala humana. El análisis de las secciones y plantas del proyecto, así como la disposición precisa de los ventanales en las cubiertas a dos aguas, revela una reflexión profunda sobre la relación entre el cuerpo y el espacio. En particular, se evidencia una sensibilidad por aquello que es perceptible a la altura de los ojos, por la experiencia espacial desde dentro. Estudiar con detenimiento este proyecto permite extraer valiosas lecciones sobre la manera en que la arquitectura puede mediar entre estructura, función y percepción corporal.
lo escrito tiene una reflexión profunda y lúcida sobre el concepto de “medida” en arquitectura, integrando con solvencia las perspectivas filosóficas de Schmarsow y Heidegger. Lo más valioso radica en cómo se articula una línea argumental clara: la medida no es solo una cuestión de proporción, sino una mediación entre cuerpo, percepción y mundo. El contraste entre la medida como intuición corporal (Schmarsow) y como revelación del habitar (Heidegger) permite problematizar críticamente la práctica arquitectónica contemporánea, dominada por herramientas digitales que tienden a desmaterializar la experiencia espacial. La elección de la Escuela Munkegård como caso de estudio es acertada, ya que permite anclar los conceptos filosóficos en un ejemplo arquitectónico concreto que evidencia una atención fina a la escala humana y a la percepción sensorial. En conjunto, el texto logra equilibrar teoría y práctica, filosofía y diseño, y plantea un llamado pertinente a repensar el rol de la corporeidad en el acto de proyectar. Es una reflexión necesaria para futuros arquitectos, especialmente en tiempos donde el cuerpo parece cada vez más ausente en los procesos de diseño.
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