La lógica perceptiva y racional de las decisiones en búsqueda de la intersubjetividad.

 

El proceso de análisis del espacio en relación con el cuerpo, y cómo este desemboca en la toma de decisiones proyectuales, genera caminos que se entrelazan entre lo lógico y lo perceptivo. Por un lado, está la lógica compositiva, que parte casi de elementos paramétricos: datos estructurales, condiciones del sitio, incidencia solar, proporciones. Estos factores pueden ser leídos como una “fórmula” que dicta, de forma más o menos objetiva, cómo debería disponerse el espacio. Por otro lado, emerge un camino perceptivo, donde las decisiones se anclan en la experiencia subjetiva del arquitecto: su cuerpo como medio de percepción y creación. Esta subjetividad no es arbitraria; al contrario, está marcada por su historia, su sensibilidad y su intención de producir una experiencia compartible. Allí aparece la intersubjetividad: cuando una percepción personal busca resonar con la de otros cuerpos, generando una comprensión plural del espacio, casi tocando lo objetivo.

Este cruce entre lo lógico y lo subjetivo puede analizarse con claridad en un caso paradigmático: la Capilla Notre-Dame du Haut (Ronchamp), proyectada por LeCorbusier en 1950. Aunque mucho se ha discutido sobre su forma escultórica, el foco aquí está en el tratamiento de las ventanas: su color, su tamaño, su ubicación y su profundidad. Es evidente que su disposición no obedece a una simetría ni a un módulo racionalista, sino a una intención profundamente ligada a la atmósfera interior.

LeCorbusier afirmaba que la arquitectura es el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes bajo la luz (1920), y más adelante reconocería: yo compongo con la luz. En la Ronchamp, la luz no es solo un elemento técnico; es una materia expresiva que guía la espiritualidad del espacio. La ubicación irregular de las ventanas genera una vibración interior, una cualidad casi mística, que no puede derivarse únicamente de un cálculo formal (lo cual le quita lo objetivo o racional). Pero eso no significa que la decisión haya sido improvisada: responde a una percepción del lugar, del rito, del cuerpo, de cómo entra la luz en un muro de casi dos metros de espesor. Es decir, una decisión subjetiva sustentada en una percepción corporal concreta.

Imagen tomada de: https://www.google.com/url?sa=i&url=https%3A%2F%2Fwww.redbubble.com%2Fes%2Fi%2Flamina-artistica%2FWindows-Le-Corbusier-Notre-Dame-du-Haut-Ronchamp-de-designnerd%2F25409067.1G4ZT&psig=AOvVaw0ovcTShmDxOqOdIMIrwrqY&ust=1750803648287000&source=images&cd=vfe&opi=89978449&ved=0CBcQjhxqFwoTCLimg__JiI4DFQAAAAAdAAAAABAL

En este punto es útil recordar las palabras de Merleau-Ponty: “Yo no estoy en el espacio y en el tiempo, no pienso en el espacio y el tiempo: soy del espacio y del tiempo, y mi cuerpo se aplica a ellos y los abarca”. (Fenomenología de la percepción, 1945). LeCorbusier proyecta desde este tipo de comprensión: su cuerpo reacciona al lugar, al sol, a la sombra, y decide desde allí cómo orientar los vanos. La arquitectura, entonces, no es solo el resultado de una lógica externa, sino de una percepción corporal activa que configura el espacio a través del tiempo y la luz.

Desde otra perspectiva, Álvaro Siza aporta un pensamiento complementario: “Los arquitectos no inventan nada… trabajan continuamente con modelos que transforman en respuesta a los problemas con que se encuentran”. (Siza, en The Architectural Review, 2015). El arquitecto no crea desde cero, sino que escucha las condiciones del entorno y las transforma a través de su sensibilidad. En Ronchamp, LeCorbusier no inventa la luz: la interpreta, la canaliza, la moldea como material arquitectónico, y en ese gesto logra que la forma responda tanto a lo sensorial como a lo simbólico.

En ese sentido, la validez de una obra arquitectónica no depende exclusivamente de la precisión de sus proporciones ni de la fuerza de su concepto, sino de un equilibrio entre la percepción, la idea y la razón. Esta tríada articula las decisiones proyectuales como algo que parte del cuerpo, se expresa como forma y se justifica desde una lógica interna, aunque no necesariamente cuantificable.

Cabe preguntarse: ¿esa decisión formal sobre las ventanas solo pudo haber sido tomada por LeCorbusier? El sitio era el mismo, la luz también. Pero la respuesta arquitectónica habría sido distinta si otro cuerpo, con otra historia, hubiera habitado ese proceso de diseño. Esa es la clave: el cuerpo del proyectista como interfaz entre el mundo y la obra, como vehículo de la sensibilidad.

Por todo esto, puede concluirse que en la Capilla de Ronchamp las decisiones sobre la forma y la luz no se originan en un sistema compositivo cerrado ni en una intuición puramente personal, sino en una interacción entre cuerpo, lugar y atmósfera. Como señala Zevi, “la arquitectura es el arte de organizar el espacio interior” (Saber ver la arquitectura, 1948), y ese espacio solo puede organizarse si el proyectista está atento a cómo se vive, se percibe y se comparte, por ende, es una discusión entre lo puramente racional y paramétrico del entorno en contra de lo perceptivo que se entrelaza para generar un equilibrio buscando que la luz (elemento objetivo e igual para cada uno) pueda ser modificada en un pensamiento individual y que todos puedan tener la misma sensación.


Imagen tomada de: https://www.archdaily.co/co/02-74548/clasicos-de-la-arquitectura-ronchamp-le-corbusier

Kevin Ramirez.

Bibliografía:
Heidegger, M. (1951). Construir, habitar, pensar 
Le Corbusier. (1923). Hacia una arquitectura. 
Merleau-Ponty, M. (1945). Fenomenología de la percepción 
Siza, Á. (2015). https://repositorio.unal.edu.co/handle/unal/87543
Zevi, B. (1948). Saber ver la arquitectura.

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