Cuando el espacio se siente: Una Arquitectura para los sentidos

En una época marcada por la sobrevaloración de la imagen y la representación visual, la arquitectura corre el riesgo de reducirse a un espectáculo para la vista, perdiendo su capacidad de tocar al cuerpo y de interpretarlo desde sus múltiples sentidos. Frente a esta tendencia, surge una corriente crítica, profundamente influenciada por la fenomenología, que propone una recuperación del cuerpo como centro de la experiencia arquitectónica. En este marco, el trabajo del arquitecto suizo Peter Zumthor, y particularmente sus Termas de Vals, se convierte en una manifestación ejemplar de una arquitectura que no solo se ve, sino que se habita sensorialmente.

Peter Zumthor, en sus escritos y obras, defiende una arquitectura que se construye desde lo atmosférico, desde lo que él llama la estrategia del alquimista; una alquimia de materiales, luz, sonidos, texturas y temperaturas que configuran experiencias sensibles únicas. Sus espacios no buscan imponerse como imagen, sino insinuarse como presencia. Las Termas de Vals, construidas en Suiza en 1996, son quizá su obra más emblemática en este sentido. Construidas literalmente dentro de una montaña (Figura 1), las termas encarnan una arquitectura que dialoga con el cuerpo de manera íntima, profunda y multisensorial.

Desde el momento en que se ingresa al recinto, el cuerpo se convierte en protagonista. La transición entre temperaturas, la penumbra que filtra la luz exterior, el eco contenido en las cámaras de piedra, la humedad en el aire y el contacto directo con el agua invitan a una atención corporal que rara vez se activa en la vida cotidiana (Figura 2). Las Termas no se recorren: se sienten. Cada desplazamiento supone una negociación con los sentidos. El ojo se adapta a la sombra, la piel percibe el cambio térmico, el oído reconoce la resonancia del espacio. La arquitectura se vuelve una prolongación del cuerpo, y el cuerpo, una extensión del espacio.

Esta forma de entender la arquitectura encuentra un fuerte sustento teórico en autores como Juhani Pallasmaa, quien en Los ojos de la piel habla acerca de la hegemonía de la vista en la cultura arquitectónica occidental y aboga por una arquitectura que recupere los sentidos olvidados. Pallasmaa sostiene que los materiales, los olores, las texturas y los sonidos constituyen una dimensión esencial del habitar, y que es a través de ellos que el cuerpo puede experimentar plenamente su estar en el mundo. Por otra parte, Zumthor recoge esta premisa, pero no desde la teoría, sino desde la praxis: construye atmósferas que, más que explicarse, se sienten (Figura 3).

En las Termas, el material principal —una piedra local, cuarcita gris— no solo define la estética del edificio, sino que establece una relación sensorial con el usuario. El suelo frío, las paredes rugosas, los bloques de gran escala que filtran la luz con precisión casi ritual, crean una experiencia que recuerda la gruta, la cueva primitiva, el espacio anterior a lo arquitectónico. Es un retorno al origen, donde la arquitectura no es un objeto, sino una condición del cuerpo. En ese sentido, se puede decir que Zumthor no construye un edificio, sino una corporalidad expandida (Figura 4).

Este enfoque tiene una resonancia clara con las ideas de Maurice Merleau-Ponty, quien en El ojo y el espíritu plantea que la percepción no es un acto pasivo del sujeto frente al mundo, sino un entrelazamiento activo entre cuerpo y entorno. El cuerpo no observa el espacio desde fuera, sino que lo constituye desde dentro, a través del movimiento, del tacto, de la respiración. La arquitectura, entonces, no se dirige a un observador distante, sino a un cuerpo encarnado y viviente. Las Termas de Vals son un ejemplo concreto de este pensamiento, ya que no buscan ser contempladas, sino atravesadas, sentidas y respiradas.

Esta arquitectura no sólo acoge al cuerpo, sino que lo transforma; lo obliga a desacelerar, a concentrarse en lo inmediato, a revalorar la experiencia sensorial como forma de conocimiento. Frente a la velocidad de la imagen digital actual y el exceso de estímulos externos, Zumthor nos propone un espacio de recogimiento y de silencio, donde el cuerpo puede volver a escucharse a sí mismo. Propone, además, una arquitectura ética en el sentido más profundo, no porque transmite un mensaje moral, sino porque cuida la relación entre el cuerpo y el mundo.


En conclusión, las Termas de Vals materializan una idea de arquitectura que parte del cuerpo como centro de la experiencia. No se trata de diseñar formas espectaculares, sino de componer situaciones sensibles donde el cuerpo pueda habitar el mundo de manera plena. Al activar todos los sentidos, Zumthor nos recuerda que el espacio arquitectónico no es una abstracción geométrica, sino una condición vivida, una posibilidad de encuentro entre el cuerpo y el lugar. En una cultura cada vez más desvinculada de la experiencia directa, esta arquitectura nos invita a volver al cuerpo como medida del espacio y del tiempo.

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