Habitar la nada: Formas para contener lo ausente

Jan Patočka, en su "Cuarta Conferencia: Espacio Personal: Reflexión, Horizonte," distingue la espacialidad personal humana de la impersonal u objetiva. Para él, el "yo" personal no puede ser puramente mental, sino que se ancla en el cuerpo, el cual es "una vida que es espacial en sí misma y de sí misma". No obstante, la conciencia humana trasciende la ubicación física; el ser humano posee una capacidad única de auto-relación que le permite determinar su propio "dónde" y proyectarse más allá de la experiencia inmediata. A diferencia de los animales, arraigados a un contexto singular y a estímulos inmediatos, los humanos pueden trascender lo dado, viviendo "un mundo de múltiples posibilidades" que abarca el pasado, presente y futuro. Central para Patočka es el concepto de horizonte, que no es un simple límite visual, sino "algo imperceptible, inobservado" que subyace a la realidad, definiendo el significado de lo concreto. Los horizontes representan posibilidades no meramente realizadas, "realidades virtuales" que el ser humano es capaz de considerar y perseguir. Esta vida en los horizontes impulsa al "yo" hacia afuera en una "energía centrífuga," permitiéndole comprender al "tú" y al mundo, definiendo así una espacialidad personal intrínsecamente humana que trasciende la mera ubicación física.

Este impulso filosófico de autoproyección y trascendencia de lo inmediato encuentra un eco resonante en la práctica artística de Jorge Oteiza. Su trabajo nace de una experiencia personal fundamental: un recuerdo de infancia en la playa de Orio, donde al ocultarse en un hoyo y contemplar el "gran espacio solo del cielo," sintió una "enorme atracción" y "profunda protección," viviendo un "viaje de evasión" desde su "pequeña nada" hacia la "gran nada del cielo". Esta vivencia, junto a la satisfacción de perforar piedras en una cantera, moldeó su arte como una actividad terapéutica y hermenéutica frente a su angustia existencial. Oteiza concibió el arte como un medio para crear un "nuevo mito," un marco de significados e imágenes que generaría "una nueva forma antropológica y cultural de estar en el mundo". Este mito, una "invención de arte en proyección social sobre los pueblos," superaría la contingencia y la muerte a través de la imaginación. Esta dimensión mítica se entrelaza con lo místico en su obra.

El concepto clave de Oteiza es la "desocupación material de la escultura," un método para alcanzar un "espacio final vacío," concebido como la conclusión objetiva del arte. Este proceso de reducción, evidente en obras posteriores a 1950, busca hacer "sensible la percepción del vacío" mediante una serie de negaciones que culminarían en sus últimas esculturas de 1959. La "Estética Negativa," término acuñado por Oteiza, describe este camino de purificación formal y espiritual, que él comparó con la "Teología Negativa" de místicos como San Juan de la Cruz. El vacío, en sus esculturas, no es una ausencia de materia, sino el elemento constitutivo central, una "energía potencial" que busca corporeizarse dentro de elementos materiales mínimos. Obras como Caja vacía, conclusión experimental Nº1 (1957) o Retrato del Espíritu Santo (1959) ilustran esta búsqueda del vacío como "guardador espiritual". Oteiza creía que, al igual que los místicos buscan la "Nada final" para unirse con Dios, su arte permitía al hombre afirmarse en su ser en ese espacio vacío. En 1959, tras ganar la Bienal de Sao Paulo y concluir su "Propósito Experimental", Oteiza afirmó que el arte había terminado con él, dedicándose entonces a la "reconstrucción 'mítica' de la sociedad vasca" como "maestro y guía espiritual".

Jorge Oteiza, Caja metafísica | Art Miami Magazine

Jorge Oteiza, Caja metafísica

La profunda afinidad entre Oteiza y Patočka radica en su exploración de la existencia humana más allá de lo puramente material o funcional. Patočka concibe un "yo" que se proyecta hacia horizontes de posibilidad, trascendiendo lo inmediato. Oteiza, por su parte, busca superar la "angustia existencial" y la "pequeña nada" de la vida a través de la experiencia del "gran espacio solo del cielo" y la creación de un nuevo sentido que no está sujeto al tiempo ni a la muerte. Ambos proponen una vía de reducción o negación de lo superfluo para acceder a una realidad más profunda. La "desocupación" escultórica de Oteiza y su "Estética Negativa" buscan un "espacio final vacío" que es, paradójicamente, una presencia receptiva donde el espíritu se afirma. De manera similar, Patočka describe cómo una "experiencia oscura" implica una renuncia a las aprehensiones convencionales para ir "más allá de nosotros mismos" hacia una "nada natural y sobrenatural". La capacidad del arte, según Oteiza, de "capacitar una sensibilidad espiritual no sujeta al transcurso temporal" dialoga directamente con la visión de Patočka sobre los horizontes que nos permiten superar nuestra inmersión en la realidad inmediata.

Este diálogo filosófico y artístico encuentra una manifestación arquitectónica convincente en la Casa Poli, diseñada por Pezo von Ellrichshausen y ubicada en un acantilado en Tomé, Chile. La casa es una "masa vaciada" que busca perturbar el paisaje idílico y refutar la disolución entre lo natural y lo artificial. El diseño evita nombrar los recintos por su función, dejándolos como "meras salas más o menos interconectadas," y confina los servicios a un "muro exageradamente grueso, un espesor habitable," liberando el espacio central para múltiples actividades.

Esta concepción arquitectónica resuena profundamente con las ideas de Oteiza y Patočka. El "vacío de triple altura" que busca "contener la dimensión vertical del acantilado" y acentuar la "experiencia aérea del mar" es un eco directo de la "desocupación material" de Oteiza, donde el vacío es constitutivo y no una ausencia. La casa, al igual que las esculturas de Oteiza, hace sensible la percepción del vacío, invitando a experimentarlo como una presencia significativa. Además, Casa Poli genera una "relación forzada, repetitiva, tensa, controlada" con el exterior, obligando al ocupante a "mirar hacia afuera, a dejar de ver la propia obra, a evadirnos del interior, a deshabitar la arquitectura". Esta negación de la propia obra, que se "niega a sí misma" y se "desborda su medida antropométrica en la extensión de los acantilados", es análoga a la "Estética Negativa" de Oteiza. El edificio no es un fin en sí mismo, sino un medio para una experiencia trascendente, centrada en la interacción con el vasto horizonte natural.

Jorge de Oteiza-, «Caja vacía», 1958, Museo Reina Sofía, Madrid – The  liberation of art
Caja vacia, Jorge Oteiza

Al inducir un "movimiento ritualizado" y una constante mirada hacia el horizonte, la Casa Poli de Pezo von Ellrichshausen alinea la experiencia arquitectónica con la filosofía del horizonte de Patočka. La casa se convierte en un mediador que incita al "yo" a proyectarse más allá de los límites construidos, hacia la inmensidad del mar y el acantilado, que actúan como ese horizonte de posibilidades y trascendencia. El "paisaje interior" continuo de la casa, que se alterna con el paisaje exterior, crea una experiencia fenomenológica donde los límites se difuminan, similar a la idea de Patočka de que el "yo" no está simplemente en el espacio, sino que es espacialidad y crea su propio horizonte de percepción. El diseño de la Casa Poli facilita un "viaje de evasión" del interior hacia la "gran nada" del cielo y el mar, fusionando lo arquitectónico con lo existencial y lo trascendente.

Casa Poli, Coliumo - Pezo von Ellrichshausen | Arquitectura Viva
Casa Poli – Pezo von Ellrichshausen 

En última instancia, la Casa Poli se manifiesta como una materialización arquitectónica de las aspiraciones filosóficas y artísticas de Patočka y Oteiza. Al contener el vacío y, paradójicamente, al negarse a sí misma, la casa no solo celebra la ausencia de lo material, sino que la convierte en una presencia fundamental que impulsa al habitante a una experiencia de trascendencia. Es un espacio que, como las esculturas finales de Oteiza, invita a una "nueva existencia, no real sino posible", un "guardador espiritual" que permite superar las limitaciones terrenales. La arquitectura de Casa Poli, al igual que el arte de Oteiza y la filosofía de Patočka, se convierte en un vehículo poderoso para la comprensión y la afirmación del ser en un contexto de vastedad existencial.

Casa Poli, Coliumo - Pezo von Ellrichshausen | Arquitectura Viva
Casa Poli – Pezo von Ellrichshausen 

REFERENCIAS

  • Etxeberria, Jon: "Experiencia y vacío: los componentes míticos y místicos en la obra de Jorge Oteiza". Publicado en Ondare. 25, 2006, 327-335.
  • Patočka, Jan: "Fourth Lecture: Personal Space: Reflection, Horizon".
  • Pezo von Ellrichshausen, Mauricio y Sofía; Meissner, Eduardo: "Casa Poli".

Comentarios

  1. Me pareció muy sugerente la forma en que enlazas la filosofía de Patočka con la escultura de Oteiza y, finalmente, con la experiencia espacial en Casa Poli. La idea del vacío como algo activo, lleno de sentido y no de ausencia, queda muy bien tejida a lo largo del texto. Sentí que no se trata solo de un análisis, sino de una búsqueda auténtica por comprender cómo habitamos lo inmaterial desde lo corporal, desde lo construido o lo proyectado. La forma en que llevas esa línea hasta lo arquitectónico es fluida.

    Además, me gustó ese tono casi meditativo que se va deslizando hacia el final, como si la casa no solo se habitara, sino que también habitara a quien la recorre. Me quedé pensando en algo que no sé si has explorado: ¿qué pasa cuando ese “horizonte” al que aluden Patočka y la casa misma ya no es infinito ni natural, sino que está interrumpido por el contexto urbano, por otras construcciones, por lo cotidiano? ¿Esa experiencia del vacío y de proyección sigue siendo posible o cambia por completo su naturaleza?

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  2. Lo que más me interesó fue la relación entre lo ritual y el habitar. En Casa Poli, la manera en que los desplazamientos se tornan casi ceremoniales —restringidos, verticales, vaciados de función inmediata— permite que el cuerpo, en vez de dominar el espacio, se someta a él, como si cada gesto estuviera coreografiado por la arquitectura misma. Es curioso cómo esa aparente rigidez genera, en realidad, un tipo de libertad: la libertad de no estar condicionado por usos, sino por intensidades.

    Me pregunto si ese carácter ritual que se menciona, esa "evacuación de lo funcional" para hacer lugar al espíritu, no implica también una crítica silenciosa a la arquitectura contemporánea orientada exclusivamente al confort y la eficiencia. Tal vez, en ese sentido, Casa Poli no es tanto una casa como una escultura habitable que nos recuerda que hay otra forma de estar en el mundo. Una forma menos productiva, pero más presente.

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