Estados de ánimo lumínicos: Attunement en arquitectura y cine

Por: Samuel Coral Romero 

En la cotidianidad, solemos percibir el color como algo simple, casi decorativo, sin detenernos en las complejas relaciones que puede entablar con la luz y sus efectos en nuestra experiencia diaria. Si nos permitiéramos profundizar en este vínculo, descubriríamos cómo el color, en su diálogo con la luz, transforma los espacios que habitamos y afecta, sutilmente, nuestros estados de ánimo.

A menudo, al pintar un espacio ,ya sea en nuestros hogares o en otros entornos cotidianos, elegimos los colores guiados por la preferencia personal, sin considerar las implicaciones que esa elección pueda tener sobre la percepción y la atmósfera del lugar. Ese impulso por seleccionar un tono simplemente porque “nos gusta” puede desatender la manera en que el color interactúa con el cuerpo, la luz y las emociones que despierta. La relación entre el color y el espacio que lo contiene no es meramente estética: está profundamente ligada a la percepción sensorial y afectiva del sujeto que lo habita. No resulta extraño, por ejemplo, que un azul oscuro y frío evoque quietud, introspección o incluso cierta tristeza, mientras que fondos en amarillo, naranja o rojo generen vitalidad, calidez y energía emocional.

Ahora bien, si miramos más allá, el uso meticuloso del color se manifiesta en diversos ámbitos: la arquitectura , que es uno de los principales intereses de este escrito, pero también la fotografía, el cine, la psicología y otras disciplinas vinculadas a la percepción y el afecto. En arquitectura, el color adecuado puede conferir al espacio una atmósfera particular, una identidad emocional capaz de transformar la experiencia de quien lo habita.

Una figura clave en este enfoque es Luis Barragán, arquitecto conocido por dotar sus obras de una carga cromática intensa y meditativa. En la Casa Gilardi, el color no se limita a adornar: construye atmósferas, evoca emociones y sugiere comportamientos silenciosos para cada zona del hogar. La relación emocional que el cuerpo establece con estos espacios depende de cómo percibe el color en interacción con la luz. Es en ese juego, en esa danza entre pigmento y luminosidad, donde nacen las experiencias sensibles que Barragán logra capturar con maestría.

Sin embargo, parte del propósito de este escrito es explorar las múltiples relaciones emocionales y perceptivas que pueden generarse a partir del uso consciente del color y la luz. En la Casa Gilardi, el color medita: impone calma, invita al silencio y configura una atmósfera que el cuerpo siente y escucha sin palabras.

No obstante, en otros contextos, esa poderosa interacción entre luz y color puede evocar emociones opuestas: inquietud, tensión, urgencia o solemnidad. La arquitectura y el cine, a pesar de pertenecer a lenguajes distintos, comparten una profunda correspondencia. Ambos configuran espacios para ser habitados —ya sea por cuerpos físicos o por miradas— y ambos utilizan la luz y el color como herramientas para construir estados de ánimo, narrativas sensoriales y memorias emocionales.


En cintas como Blade Runner, los planos se construyen en una atmósfera casi interrogativa y hostil. Las emociones que se evocan por medio de tonos grises, neones y sombras densas son contrarias a las que encontramos en la Casa Gilardi: aquí no hay contemplación ni recogimiento, sino ansiedad, melancolía y una constante sensación de vigilancia. La luz artificial, fragmentada y reflejada en superficies húmedas, convierte la ciudad en un laberinto emocional donde el espectador se siente expuesto y desplazado.


En la cinta Dune, los planos de luz y color se despliegan a una escala monumental. Cada planeta de esta galaxia está representado con una atmósfera visual distinta, y el tratamiento cromático y lumínico aporta capas emocionales esenciales a la narrativa.

En el planeta Arrakis, los tonos amarillentos y ocres generan una inquietud constante que acompaña la brutalidad de su paisaje: un desierto vasto y áspero, explotado sin descanso por la extracción de especia. Esta paleta terrosa, es quizás el ejemplo más evidente del vínculo entre entorno y emoción.

Sin embargo, otras escenas y mundos amplían su repertorio sensorial. En Giedi Prime, planeta natal de los Harkonnen, la ausencia de luz se convierte en estética. Filmado en blanco y negro, el espacio se torna gélido, inorgánico, y transmite una incomodidad radical. No es simplemente oscuro, se siente sin vida. Esta decisión aporta de manera extraordinaria a la atmósfera narrativa, reforzando la percepción de un mundo desprovisto de empatía y belleza.

Así bien, en el cine como en la arquitectura, no es únicamente la visión la que construye la experiencia de un espacio, sino la percepción íntegra y las emociones que se activan a través de una atmósfera compartida de luz y color.
Desde el neón húmedo de Blade Runner, que envuelve al espectador en melancolía, hasta la luz mineral de Dune, que expresa brutalidad, o vacío según el planeta retratado, la cinematografía compone paisajes que nos afectan físicamente: nos contraen, nos suspenden, nos invitan o nos rechazan. El espectador, entonces, no es un observador pasivo, sino un cuerpo sumergido en atmósferas diseñadas con luz, color y ritmo. Una arquitectura emocional, proyectada en pantalla.

En síntesis, este escrito se construye desde la búsqueda de la sintonía —tanto en la arquitectura como en el cine— entre el cuerpo, el espacio y los estados de ánimo. Es una forma de attunement, tal como lo plantea Alberto Pérez-Gómez: una sincronización profunda entre la luz, el color y la dimensión humana de los espacios, donde la percepción y la atmósfera emocional definen su manera de habitar.

El color y la luz, en este sentido, no son elementos decorativos ni neutros: son lenguajes emocionales que configuran ritmos internos, memorias sensoriales y estados anímicos. Desde los muros pigmentados de Barragán hasta los paisajes cinematográficos de Dune y Blade Runner, hemos observado cómo la atmósfera puede moldear comportamientos, evocar emociones y transformar la experiencia del espacio.
Pérez-Gómez nos recuerda que, para estar plenamente despiertos, necesitamos entornos cargados de significado, donde la arquitectura no solo se vea, sino que se escuche, se sienta y se recuerde.

Comentarios

Entradas populares de este blog

DONDE EL CUERPO NO HABITA: ARQUITECTURA Y PERCEPCIÓN EN LA ERA DEL VACÍO SENSORIAL

¿Es posible construir desde el habitar en un contexto contemporáneo?