EL CUERPO COMO VOLUMEN, HUELLA Y MEDIDA EN LA CASA WABI

ESCULTURA CORPORAL: EL CUERPO COMO VOLUMEN, HUELLA Y MEDIDA

Estudiante: Camilo Andrés Lopéz Calderón 

A lo largo del curso se ha insistido en el cuerpo como principio fundamental de la experiencia espacial. Más allá de la funcionalidad o la representación simbólica, es el cuerpo —su presencia, su orientación, su volumen— el que define los límites y significados del espacio. Esta afirmación, aunque evidente en la experiencia cotidiana, toma una dimensión más densa cuando se pone en diálogo con las reflexiones de artistas como Antony Gormley y Jorge Oteiza, quienes han pensado el cuerpo no solo como forma visible, sino como huella, ausencia o interioridad inscrita en el espacio. Esta idea abre la posibilidad de pensar la arquitectura no como una envolvente para cuerpos, sino como una extensión de lo corporal, como una escultura habitable en la que la presencia se construye tanto con masa como con vacío.

En su conferencia Sculpture as a Place (2000), Gormley plantea que la escultura no debe representar al cuerpo, sino ser un lugar para el cuerpo, una extensión de la interioridad humana en el espacio. Él parte de su propio cuerpo como herramienta de conocimiento, pero no para exhibirlo, sino para explorarlo como volumen que contiene una experiencia. En obras como Body and Soul (1990) o Blind Light (2007), se evidencia cómo el cuerpo es entendido como un campo energético que transforma el espacio a su alrededor. Las esculturas de Gormley son formas cerradas, pero vacías, y es justamente ese vacío interior el que se convierte en un espacio cargado de sentido. Su cuerpo moldeado no representa a “un hombre” sino a “el estar en el mundo”

Por otro lado, Jorge Oteiza desarrolla en El arte como lenguaje (1963) y especialmente en La desocupación del espacio (1957–60) la idea de que la escultura moderna debe abandonar la búsqueda de masa y representación para abrir un espacio activo de revelación. Su trabajo con los "espacios vacíos" no responde a una noción meramente formalista, sino a una voluntad de construir una experiencia espiritual a través de la ausencia. Oteiza no busca imitar la figura humana, sino retirar materia para dejar que el espacio hable. En sus Cajas metafísicas (1958–59), por ejemplo, se evidencia esta voluntad de construcción a través de la desocupación: el vacío no como carencia, sino como campo de energía simbólica que convoca la experiencia del otro.


Es en este cruce entre presencia, forma y vacío donde podemos ubicar la arquitectura de Tadao Ando, y en particular su proyecto Casa Wabi (2014), en la costa de Oaxaca, México. Aunque concebida como un centro de residencia artística, la Casa Wabi no presenta un conjunto de volúmenes independientes organizados por función, sino una sola línea continua, un muro de concreto de más de 300 metros de largo que divide el terreno y organiza el programa a lo largo de su extensión. La primera impresión que produce es la de una escultura a escala arquitectónica: un gesto lineal y monolítico que no se impone al paisaje, sino que lo articula silenciosamente.



La relación entre cuerpo y espacio se activa desde el primer momento. No hay un acceso monumental, ni una secuencia escenográfica. El visitante llega a pie, por un sendero entre vegetación baja, y debe bordear el muro antes de encontrar un umbral. No hay una fachada que organice la experiencia visual, sino una forma que exige ser rodeada, recorrida, explorada. El cuerpo no es guiado por carteles o señales, sino por el ritmo del muro, las aperturas en el concreto, la presencia del viento, la textura del suelo. Aquí, como en Gormley, no se trata de mirar una figura, sino de recorrer su ausencia, de atravesar un volumen que inscribe la huella del cuerpo que falta.
Uno de los aspectos más potentes del proyecto es su manejo del vacío. Los espacios no se construyen por adición, sino por sustracción: patios, corredores, aperturas, sombras. Es en esos vacíos donde la arquitectura adquiere densidad simbólica. Como lo propone Oteiza, no es la materia la que comunica, sino el espacio que deja libre. Y es el cuerpo del visitante el que activa esos vacíos, el que da escala y medida al proyecto. No hay un espacio pensado desde una lógica abstracta o figurativa, sino desde la presencia concreta del cuerpo que camina, que se detiene, que escucha.

En este sentido, la Casa Wabi puede leerse como una escultura corporal extendida. No representa al cuerpo, pero está pensada para ser vivida corporalmente. Sus dimensiones, sus ritmos, sus silencios son profundamente humanos. El muro no es una barrera, sino una herramienta de orientación. El recorrido no está definido por funciones, sino por intensidades: luz y sombra, encierro y apertura, rugosidad y suavidad. Así, el cuerpo se convierte no solo en habitante del espacio, sino en coautor de su significado.



Desde esta mirada, la arquitectura ya no es una composición de formas ni un contenedor de actividades. Es una condición para la aparición del cuerpo como experiencia. Y el cuerpo, a su vez, no es solo una medida física, sino una presencia que revela el espacio a través del movimiento, la memoria y la percepción. Como en la escultura de Gormley y Oteiza, lo que importa no es la imagen del cuerpo, sino su huella. Esa huella que transforma al espacio en lugar.

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