El cuerpo como medida del mundo, una mirada de la arquitectura desde la condición del cuerpo
“La esencia de la arquitectura es la creación del espacio arquitectónico a partir de nuestro sentido corporal del espacio.”
August Schmarsow
Durante siglos, la arquitectura ha sido comprendida como una extensión de la razón, del orden, de la técnica. Sin embargo, el siglo XX invita a mirar hacia otro centro, más blando, más sensible: el cuerpo. A partir del texto de August Schmarsow, La esencia de la creación arquitectónica (1893), se abre una vía donde el espacio arquitectónico ya no es un contenedor absoluto, sino un acontecimiento corporal. En palabras del autor, la arquitectura nace “a partir de nuestro sentido corporal del espacio”. Esta afirmación cuestiona el pensamiento clásico: ya no construimos desde fuera, sino desde adentro, desde la vivencia encarnada.
En el recorrido por la arquitectura contemporánea, ciertos espacios no se visitan, se atraviesan. No se entienden, se sienten. Así sucede con la Capilla Bruder Klaus, una obra que se aleja del lenguaje espectacular o figurativo, y se sumerge en lo esencial: la relación entre cuerpo, materia y espiritualidad. Esta capilla representa una manifestación del espacio como acontecimiento corporal.
La hipótesis de Schmarsow, que el espacio arquitectónico se origina desde la experiencia del cuerpo, encuentra una expresión profunda. En esta obra, el espacio no se organiza desde la mirada abstracta, sino desde el cuerpo encarnado que se orienta, se toca, se enfría, se estremece. Desde el primer contacto, la capilla exige presencia: caminar hacia ella por el campo abierto es una preparación para el silencio, para la interioridad, para el habitar auténtico.
Para el arquitecto en el siglo XXI, esta noción debe resonar profundamente. Hoy en día los planos no bastan, el dibujo no anticipa la temperatura del suelo, la resistencia de una rampa en subida, el eco de un techo alto o la oscuridad de un umbral estrecho. La arquitectura sucede en el cuerpo, y es a través del cuerpo como toma su sentido.
Maurice Merleau-Ponty nos recuerda que “la percepción no es un pensamiento, sino un modo de existencia”. En este espacio, el cuerpo se vuelve consciente de su propia presencia. No hay distracción visual ni decorado. Todo conduce hacia el centro, hacia lo vertical, hacia un haz de luz que cae desde el cielo por una abertura superior. Esa luz no ilumina: toca. Vibra sobre el muro quemado como una presencia silenciosa.
Maurice Merleau-Ponty, en El ojo y el espíritu (1945), dice que “la visión no es una operación pensante sino un modo de presencia”. La arquitectura, entonces, no es tanto una idea como una experiencia. No se trata únicamente de ver espacios, sino de encarnarlos. Aquí, el cuerpo es “la condición del mundo”, el lugar donde ocurre la percepción, donde se teje el sentido.
Desde esta mirada, el arquitecto ya no diseña espacios en abstracto, sino situaciones corporales. Diseña cómo se camina, cómo se gira, cómo se respira. El espacio se torna una coreografía invisible donde el cuerpo es protagonista. El habitar es el gesto de “origen”, anterior al diseño mismo. Un edificio bien hecho no solo resuelve funciones: ofrece un mundo completo por sentir.
Peter Zumthor escribe que la arquitectura debe ser como una música lenta, que se experimenta más allá de las ideas. Aquí, el tiempo se ralentiza. El cuerpo no consume espacio, lo vive con lentitud, con gravedad. El olor a carbón, la textura brutalista, la acústica cerrada: todo hace que el espacio no sea “neutro”, sino afectivo. El cuerpo no es espectador: es parte del rito.
Lo que ocurre en Bruder Klaus no es representación simbólica de lo sagrado, es encarnación espacial de lo espiritual. El lugar no explica nada, pero lo sugiere todo. Como decía Heidegger, “lo esencial no es el objeto, sino la apertura del mundo”. Esta capilla no impone un significado, pero abre la posibilidad de habitar el misterio.
El cuerpo no es un dato técnico que se mide en metros. Es un fenómeno que vibra, que recuerda, que siente. La arquitectura del siglo XXI necesita volver a tocar el cuerpo, no como una unidad funcional, sino como un sujeto sensible. Entender la espacialidad como extensión del habitar es abrir la puerta a una arquitectura más ética, más política, una arquitectura viva.
Es entonces cuando la arquitectura no ocurre en el papel, sino en el cuerpo que la atraviesa. Por eso, diseñar es también una forma de cuidar: del cuerpo, del otro, del mundo. Esta capilla no ofrece espectáculo, ofrece experiencia. Y en ese ofrecimiento silencioso, se revela lo más esencial del oficio del arquitecto: construir lugares donde el cuerpo pueda sentir el mundo. No hay función más profunda que esa.
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