Donde el espacio se vuelve palabra: una reflexión sobre el habitar en el Centro Etnoeducacional Walirumana
Donde el espacio se vuelve palabra
Una reflexión sobre el habitar en el Centro Etnoeducacional Walirumana
“Habitar es la manera como los mortales son en la tierra.”— Martin Heidegger, Construir, habitar, pensar.
¿Cómo puede una obra arquitectónica que no fue concebida como vivienda convertirse en un verdadero hogar colectivo? Esta pregunta guía la lectura crítica del ensayo Construir, habitar, pensar, donde, Heidegger propone una reflexión que va más allá de la arquitectura como técnica. Habitar, dice, no es simplemente residir en un lugar, sino la forma esencial en que los seres humanos están en el mundo: una experiencia de proximidad, de cuidado, de permanencia. El construir surge entonces como consecuencia de ese habitar, y no al revés, por lo que, para él, la arquitectura no parte de la funcionalidad ni de la forma, sino de la atención al lugar, al clima, a la comunidad y a la memoria. Así, el construir deviene en un acto de cuidado, y el espacio en una posibilidad de morada, exigiendo repensar el sentido mismo de la arquitectura: no como un objeto físico cerrado, sino como un acontecer del ser. Desde esta mirada, resulta particularmente revelador analizar el Centro Etnoeducacional Walirumana, un proyecto arquitectónico que no fue concebido como vivienda, pero que encarna, en su configuración espacial y cultural, la experiencia plena del habitar.
Para iniciar, el Centro Walirumana se compone de una serie de volúmenes dispuestos de manera orgánica sobre una llanura abierta, que, donde, lejos de imponer una geometría rígida, la disposición del conjunto responde a una lógica relacional: el espacio del “palabrero”,símbolo de la palabra como medio de entendimiento, negociación y vida comunitaria en la cultura wayuu. Este vacío circular, abierto y central, no sólo actúa como nodo articulador, ya que funciona como punto de convergencia para las demás funciones: aulas, biblioteca, zonas de administración y espacios intermedios. Las cubiertas de estructura liviana, las sombras profundas, la ventilación cruzada, los recorridos que se diluyen entre lo cerrado y lo abierto, dan lugar a una arquitectura que no delimita ni aísla, sino que hace posible la vida colectiva. Heidegger afirma que “habitar es el modo como los mortales corresponden a su esencia”, y es precisamente esta correspondencia lo que el proyecto permite: no impone un modo de uso, sino que convoca formas propias de relación, de aprendizaje, de estar-juntos.
Es en este gesto donde emerge con fuerza el concepto de cuaternidad de Heidegger, cuando afirma que, “el espacio no es algo que se haya de llenar, sino algo que se deja libre para que pueda ser ocupado por lo que le es propio”. Esta frase encuentra eco directo en el proyecto, lejos de llenar el territorio con objetos, el proyecto lo libera: crea umbrales, zonas de transición, patios que no son residuales sino vitales, los recorridos no son pasajes técnicos sino trayectos de experiencial, el habitar aparece, así como una relación dinámica entre cuerpo, lenguaje y paisaje, donde cada uno da lugar a la existencia y creación del otro.
Tierra, cielo, mortales y divinos se manifiestan en el fuego del proyecto, ese espacio contenido por 2 muros, pero abiertos a la permeabilidad, el centro. La tierra está presente en la materialidad, en el color, en el asentamiento del centro etnoeducacional sobre el terreno llano sin alterarlo. El cielo se percibe en la forma en que el edificio se abre a los vientos de la Guajira, en la manera en que la luz del sol moldea la sombra y da ritmo al día en el interior. Los mortales, es decir, los habitantes, niños, docentes, sabedores, madres, son quienes dotan de sentido el espacio, no desde el uso sino desde la apropiación. Y lo divino, aquello que el autor relaciona con el misterio, lo sagrado, lo que escapa al dominio técnico, se hace presente en la dimensión simbólica del lenguaje, de la memoria oral, del vínculo con los antepasados, que el espacio del palabrero aloja silenciosamente.
Heidegger insiste en que “el pensar esencial es dejar morar la esencia de las cosas”. En este sentido, el Centro Walirumana piensa desde la arquitectura. No enuncia, sino que permite ser. Cada espacio deja que la cultura se despliegue, que la enseñanza ocurra sin desarraigo, que la vida se acomode a sus propios ritmos. Es una arquitectura que no explica, sino que escucha. Que no contiene, sino que aloja. Aunque no está destinada a la vivienda, se convierte en un hogar: un lugar donde se cuida, se comparte, se habla y se enseña. Lo que llama “el habitar poético”, esa posibilidad de estar en el mundo más allá de lo funcional, se hace realidad aquí. La construcción no reemplaza la vida, sino que la sostiene. Los espacios intermedios, las sombras, los vacíos, los patios y las circulaciones permiten una forma de vivir colectiva, expandida, donde el aprender no se separa del convivir, y el convivir no se separa del territorio.
Figura 3. Tomado de: www.archdaily.co/co/980381/centro-etno-educacional-walirumana-salba.





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