Cuerpo visible, espacio oprimido: arquitectura del control y la desigualdad
En la ciudad, el espacio no solo es contenedor físico, sino una tecnología de poder. Las clases sociales no habitan de la misma manera: mientras las élites acceden a viviendas amplias, silenciosas y privadas, las clases populares son contenidas en estructuras densas, repetitivas, vigiladas. Esta organización del espacio no es neutra: expresa el orden social. El cuerpo pobre no es invisible, sino todo lo contrario: es hiper visible, pero reducido a una masa indistinta.
El cuerpo en el chip: ciudad y lógica electrónica
La ciudad contemporánea puede entenderse como un sistema
electrónico: sus habitantes son electrones que se insertan en placas, nodos
y circuitos, siguiendo recorridos establecidos por una lógica de productividad.
Las torres de vivienda social funcionan como pequeños mecanismos dentro
de ese chip: alojan cuerpos que no son reconocidos individualmente, sino como
parte de un flujo constante y homogéneo.
Cuando cae la noche, estas torres se encienden, revelando la
presencia colectiva de miles de personas que comparten el mismo espacio. La luz
no individualiza: solo permite ver el funcionamiento del sistema. No se trata
de cuerpos únicos, sino de un cuerpo colectivo, útil, funcional, agotado
que solo evidencia la vida de cada uno al prender la luz en esa gran torre.
“El cuerpo se convierte en objeto y blanco del poder”
— Michel Foucault, Vigilar y Castigar (1975)
Panoptismo, visibilidad y control
Foucault define el panóptico como una forma de poder
que se ejerce sin necesidad de mostrarse. La vigilancia es constante, pero
invisible. Esto se refleja en las torres de vivienda social: no hay una figura
clara que vigile, pero el control está en todas partes. Cámaras, porteros, reglamentos,
y una burocracia inalcanzable definen cómo debe vivirse en ese espacio.
Este poder que regula sin contacto directo contrasta con la
situación de la clase alta, que no solo habita espacios más amplios, sino que
goza del privilegio de la invisibilidad espacial. Sus viviendas se
funden con el paisaje, están alejadas del ruido, no requieren validación ni
permiso para ser habitadas.
Contrastes arquitectónicos
1. El Pedregal de San Ángel – Luis Barragán, México
(1945–1952)
- Viviendas
unifamiliares rodeadas de naturaleza, muros introspectivos y diseño
sensorial.
- Refleja
una arquitectura del silencio: privacidad, contemplación,
espiritualidad.
- La
arquitectura se adapta al terreno volcánico, en lugar de dominarlo. El
cuerpo allí desaparece del control, habita en libertad.
“No considero la arquitectura sin una profunda conexión con
el silencio, la serenidad y la emoción” — Luis Barragán

2. Torres de vivienda social – Bogotá, Ciudad Bolívar /
Soacha / Suba
- Conjuntos
de torres repetitivas, acceso controlado, vigilancia pasiva.
- Espacios
reducidos: apartamentos de 40-50 m² para familias numerosas.
- El
cuerpo es expuesto, visible desde múltiples puntos, sin privacidad ni
posibilidad de aislamiento.

3. Pruitt-Igoe
– St. Louis, EE.UU. (1954–1972)
- Conjunto
de vivienda masiva demolido por fracaso social.
- Fue
ejemplo de cómo la arquitectura moderna fue aplicada sin entender las
condiciones sociales.
- Se
convirtió en símbolo de opresión vertical, donde la vigilancia no
impidió la degradación, sino que la aceleró.

4. Unidad Habitacional de Marsella – Le Corbusier
(1947–1952)
- Aunque
concebida como utopía funcionalista, su forma ha sido replicada como modelo
masificado, perdiendo su sentido original.
- En
América Latina, inspiró conjuntos que replican el encierro sin el programa
social integral.

La vivienda como institución disciplinaria
Foucault sugiere que las instituciones como la escuela, la
fábrica o la cárcel moldean cuerpos. En nuestras ciudades, la arquitectura
misma se convierte en institución. Las torres de vivienda social no solo
ofrecen techo: organizan el tiempo, el acceso, la mirada. Determinan desde
dónde se ve el mundo, cuántos pasos se pueden dar, cómo se debe comportar el
cuerpo.
El cuerpo del pobre, lejos de ser invisible, está
constantemente iluminado, observado, restringido. Pero nunca es interpelado
como sujeto: es funcional. Vive bajo la luz del panóptico, reducido a número,
subsidio, torre, piso, puerta.
La arquitectura expresa relaciones de poder. El espacio de
quienes dominan es expansivo, libre, silencioso. El de quienes obedecen es
denso, visible, limitado. El cuerpo no se libera en cualquier lugar: necesita
espacio para extenderse, retirarse, desaparecer.
La ciudad, pensada como un chip, necesita mantener
funcionando sus circuitos. Pero ¿qué pasa con los cuerpos que se apagan? ¿Qué
arquitectura imagina un espacio donde todos los cuerpos puedan ser reconocidos
como singulares?
Me pareció muy acertada la comparación entre los modelos residenciales, en particular entre El Pedregal y las torres de vivienda social. Esa relación entre visibilidad, control y dignidad del habitar es profundamente inquietante, porque muestra cómo el diseño no solo distribuye espacio, sino también acceso a la privacidad, al silencio, incluso al anonimato. La reflexión final, que pregunta por una arquitectura capaz de reconocer a todos los cuerpos como singulares, me parece una provocación urgente. ¿Qué implica proyectar sin homogeneizar?
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