SOLILOQUIO COMO EXPERIENCIA y EXPRESIÓN DEL HABITANTE
“La construcción espacial es, en cierto modo, una emanación de la presencia
del ser humano, una proyección del sujeto desde su interior, independientemente
de que nos encontramos allí, dentro del espacio, en persona, de una manera
física o nos proyectemos mentalmente en él” August Schmarsow
¿Puede un cuerpo construir arquitectura? ¿Puede una
comunidad sin planos ni reglas académicas proyectar un espacio tan elocuente
como una catedral? ¿Y si el acto de habitar fuera, en sí mismo, un soliloquio
que se vuelve forma?
En medio del espejo acuático de la Ciénaga Grande de Santa
Marta, las viviendas palafíticas de Nueva Venecia parecen responder a estas
preguntas con una precisión que desafía cualquier noción convencional de
diseño. En este asentamiento lacustre, las casas no se trazan con escuadra,
sino con la memoria del cuerpo: el ancho de los brazos, el ritmo del remo, la
distancia entre el muelle y la puerta. Aquí, como diría Schmarsow, la
arquitectura se forma desde adentro hacia afuera, como una proyección sensible
del sujeto sobre el entorno líquido que lo contiene.
Los habitantes no construyen desde la teoría, sino desde la
vivencia cotidiana de un paisaje inundado. La canoa es un espacio familiar, y
la casa no es un objeto, sino una prolongación del cuerpo, que flota, se
adapta, se eleva. La vivienda palafítica no busca imponerse al medio: se pliega
a él, y al hacerlo, convierte el acto de habitar en una forma de poesía física.
Desde su origen como “ranchas” —refugios temporales de pesca
con un solo espacio para dormir y preparar alimentos— las viviendas de la ciénaga
grande del magdalena han evolucionado en tres etapas principales. Cada una de
ellas es testimonio de una transformación espacial provocada no por cánones
estéticos, sino por el crecimiento del cuerpo social y familiar que las habita.
La plataforma inicial, montada sobre pilotes de mangle
enterrados en el lecho de la ciénaga, sostiene el primer núcleo: una
sala-habitación, de aproximadamente 4,30 m x 5,70 m. Esta celda espacial no es
solo una unidad funcional: es un “recipiente del cuerpo”, tal como Schmarsow
define el espacio arquitectónico. La altura, la ventilación natural, la
distancia del agua, todo responde a las dimensiones sensibles del cuerpo humano:
acostarse, sentarse, cocinar agachado, desplazarse con cautela por tablones que
se flexionan ligeramente con cada paso.
Con el tiempo, la vivienda palafítica creció hacia fuera,
siguiendo el mismo principio orgánico. Aparecen una segunda y tercera
habitación, un comedor, una cocina y un baño. Este proceso se da por adición
progresiva, en función de las necesidades corporales y sociales: dormir
separado, cocinar sin humo compartido, cuidar la privacidad del aseo, sentarse
a compartir el alimento en torno a un espacio común.
Cada uno de estos espacios está delimitado por paredes de
madera aserrada dispuesta horizontalmente, que no sólo dividen, sino que dan
continuidad a una textura sensible. El piso, hecho de tablones elevados, tiene
contacto directo con el agua sólo a través de su estructura inferior,
protegiendo térmicamente sin aislar sensorialmente. El cuerpo, al caminar
descalzo sobre la madera caliente por el sol o húmeda por la brisa, reconoce y
mide su espacio, lo interpreta, lo habita con conciencia táctil.
El sardinel, esa plataforma de entrada que también sirve de
muelle, es una extensión semipública del cuerpo hacia el exterior. Allí se
amarran las canoas, se descargan los alimentos, se conversa con los vecinos. Es
el espacio del “afuera” inmediato, que cumple la función de umbral sensorial
entre el hogar y la ciénaga, entre lo íntimo y lo colectivo.
La distribución espacial interna sigue una lógica de
movimiento corporal: mirar hacia el frente, girar a la derecha, evitar
tropiezos con otros cuerpos. Como explica Schmarsow, la orientación espacial
está dada por el eje visual y el eje de desplazamiento del sujeto. En estas
viviendas, la profundidad no se mide en metros, sino en la posibilidad de
caminar libremente, de mirar sin obstáculos, de sentir que el espacio respira
contigo.
Desde esta perspectiva, la vivienda palafítica no es un
objeto, sino un organismo: crece, se adapta, se modifica. Como diría Schmarsow,
la arquitectura aquí no es masa sólida, sino envolvente del sujeto, creación
que nace del acto de habitar y de sentir, no de representar. Y en ese sentido,
estas casas son auténticos soliloquios: discursos silenciosos que cada familia
hace al lugar, sin necesidad de audiencia, construyendo con cada tablón una
forma de estar, diferente para la comprensión del observador, pero comprensiva
para el creador en una conversación íntima con su cuerpo, el paisaje y el
tiempo.
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