Delimitar el alma: Espacio, cuerpo y memoria en el Museo de la Memoria de Andalucía a la luz de Schmarsow y Heidegger - VALENTINA DIAZ RODRIGUEZ
¿De qué manera la arquitectura actual logra construir un espacio que no solo sea físico, sino una vivencia humana llena de sentido y muy honda del vivir? Esta duda es más relevante cuando vemos proyectos como el Museo de la Memoria de Andalucía (2009), creado por Alberto Campo Baeza en Granada. En este edificio, la luz, la proporción y el vacío no son simples recursos formales, sino formas de crear una arquitectura que evoca, acoge y transforma. Este museo crea un sitio donde la memoria no solo se exhibe, sino que se habita y ve el espacio de la misma manera que lo hacía August Schmarsow y Martin Heidegger.
August Schmarsow, en su conferencia "La esencia de la creación arquitectónica" (1893), propone que la arquitectura no debe entenderse como arte del revestimiento ni como simple técnica constructiva, sino como la "creadora del espacio" (Raumgestalterin). El espacio en la arquitectura viene de cómo el sujeto siente el espacio, organizado según su cuerpo: arriba, abajo y a los lados. Para Schmarsow, el espacio arquitectónico nace del interior de la persona y es una forma de mostrar cómo se siente el espacio.
Martin Heidegger, por su parte, en su ensayo "Construir, habitar, pensar" (1951), entiende la arquitectura como la condición para el habitar auténtico. Construir no es simplemente edificar, sino preparar el mundo para ser habitado. Habitar implica cuidar, atender, permitir que el ser se despliegue en su relación con el mundo. La arquitectura, por tanto, tiene un papel esencial : configura el lugar, entendido como la conjunción de tierra, cielo, mortales y divinos.
El Museo de la Memoria de Andalucía es un caso contemporáneo donde ambas ideas se juntan, cómo Schmarsow que veía el espacio arquitectónico como una extensión perceptiva del cuerpo, Campo Baeza crea un lugar cuyo diseño espacial brota del vacío interior, no como ausencia sino como potencia. Se articula según la orientación del cuerpo: los recorridos, las vistas, las proporciones responden al movimiento del sujeto ,la forma no es impuesta desde afuera.
El edificio, aunque pensado como museo, rehúye a mostrar demasiado. No impone una narrativa; deja que cada quien cree su propio recorrido temporal y con sus sentimientos. A diferencia de otros museos que usan la arquitectura para guiar al visitante (rampas progresivas, escenografías), aquí la direccionalidad es tenue. No hay escaleras monumentales, pasillos coercitivos ni juegos escenográficos que manipulen la emoción. El espacio está disponible, no impuesto. Así, se vuelve un "sitio" heideggeriano real: un espacio para vivir el recuerdo, no solo mirarlo de lejos. Este museo se muestra como una arquitectura callada, donde el espacio no se luce, sino que se brinda.
El patio central funge como eje vertical simbólico, desde ahí se ordena la luz y la circulación. No es una plaza per sé , sino un vacío que articula y da sentido. El cuerpo es protagonista.
“Cualquier creación espacial es en principio la delimitación de un sujeto” Schmarsow
En este caso, el visitante se convierte en el eje vertical móvil dentro de un plano inclinado, y su percepción del museo se construye desde la experiencia física, no desde la visualidad impuesta. La arquitectura, aquí, no encierra ni delimita de forma opresiva, sino que muestra: la rampa no está cargada de elementos decorativos o simbólicos que definan un sentido cerrado (como esculturas, frases, murales). Su austeridad formal y material (concreto, blanco) abre el espacio a una experiencia más introspectiva y emocional. La luz natural, que entra desde arriba y los lados, construye un ritmo silencioso que acompaña la experiencia interior del visitante. La sombra no niega la forma, la realza. De esta manera, el espacio se convierte en posibilidad, no en discurso. Como diría Heidegger: el lugar no se define por lo que muestra, sino por lo que permite que aparezca
Es gracias al uso de materiales que se crea un ambiente de limpieza visual y espiritual. La materia se hace más sutil; la forma se vuelve lo más simple posible. Este minimalismo no es falta de algo, sino concentración.
En Campo Baeza, la geometría no es formalismo, sino expresión de una ley interior del orden.
Frente a la arquitectura de museos actual, que busca ser llamativa y convertirse en un objeto icónico, el Museo de la Memoria de Andalucía ofrece una resistencia silenciosa. Campo Baeza rescata valores clave de la arquitectura clásica —la proporción, la luz, el orden— y los reinterpreta de forma actual. Su idea no es impresionar, sino dar la bienvenida. Su propuesta no busca deslumbrar, sino acoger. No se trata de un edificio-imagen, sino de un edificio-experiencia. En este sentido, el proyecto ofrece una crítica implícita a la desvinculación entre arquitectura y habitante, proponiendo una reconciliación desde el cuerpo y la contemplación.
El Museo de la Memoria de Andalucía se revela como una arquitectura profundamente humana, en la que las ideas de Schmarsow y Heidegger se manifiestan con notable vigencia. La experiencia espacial que propone no es formal ni abstracta, sino corporal, sensible y espiritual. El edificio construye un lugar donde el cuerpo se reconoce, la memoria se despierta y el habitar se torna reflexión. En este sentido, Campo Baeza no solo proyecta un edificio, sino que delimita un alma: un espacio que, al ser habitado, nos permite pensar, recordar y, sobre todo, ser.
El ensayo propone una reflexión sensible y bien argumentada sobre cómo la arquitectura puede convertirse en un medio para la experiencia profunda del habitar. A través del análisis del Museo de la Memoria de Andalucía, se logra articular con claridad las ideas filosóficas de Schmarsow y Heidegger, mostrando cómo el cuerpo y la percepción dan sentido al espacio. Lo más potente del ensayo es su capacidad para valorar el vacío, la luz y la proporción como elementos que no solo ordenan, sino que humanizan. La crítica implícita a la arquitectura espectáculo también es pertinente: Campo Baeza aparece como un arquitecto que resiste a través de la sobriedad, devolviéndole al habitante su lugar central. El texto invita a pensar la arquitectura más allá de su forma, como un acto de cuidado, de acogida y de memoria, en donde el espacio no impone, sino que permite aparecer.
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