Cuerpo y desorientación: Habitar lo inestable

El cuerpo humano siempre está en busca del equilibrio. Desde que aprende a caminar, genera una relación de confianza con el suelo, con los límites del espacio y con la luz que lo guía. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando la arquitectura interrumpe esa confianza?, ¿qué pasa cuando el espacio arquitectónico desorienta, fragmenta o desafía al cuerpo? Esta pregunta se vuelve urgente en tiempos donde el entorno físico se ha convertido en escenario de extrañamiento, aceleración y desplazamiento continuo. Es en esta tensión entre estabilidad y desorientación en donde el trabajo de la artista Doris Salcedo ofrece una mirada singular y profundamente corporal.

En 2007, Salcedo realizó una de sus obras más impactantes en la Sala de Turbinas de la Tate Modern de Londres: Shibboleth (Figura 1). Una enorme grieta se abría en el suelo del museo, recorriéndolo de punta a punta, de manera imprevisible, irregular y abismal. No era una instalación escenográfica, sino una herida literal en la arquitectura. El público se acercaba con cautela, miraba hacia adentro, bordeaba la ruptura, incluso tropezaba con ella. El cuerpo no sabía cómo estar: ni dentro ni fuera, ni a salvo ni en peligro. Esa grieta, físicamente perceptible, generaba un estado de alerta espacial, una atención plena sobre el modo en que nos relacionamos con el suelo y con los otros.


Desde la teoría, esta experiencia puede leerse a la luz del pensamiento de Sara Ahmed, quien en su texto Queer Phenomenology explora la relación entre orientación corporal y orientación social. Ahmed sostiene que los cuerpos están orientados en el mundo a través de hábitos, trayectorias y expectativas que naturalizan su lugar. Cuando el entorno se desorienta, el cuerpo pierde esas referencias y se vuelve más consciente de sí mismo. La grieta de Salcedo fuerza esa desorientación: el espacio ya no se da por sentado, el cuerpo ya no sabe cómo continuar. Se genera así un estado de atención fenomenológica, donde habitar se vuelve un acto de cuidado.

Pero esta desorientación no es únicamente un fenómeno intelectual: es algo que se encarna, que se vive desde los pies, desde el miedo, desde la necesidad de medir el paso antes de darlo. El arte de Salcedo, como ciertas formas de arquitectura contemporánea, no solo representa el quiebre, sino que también lo produce. En este sentido, la grieta no es solo una metáfora, es una experiencia. Y esa experiencia es compartida, colectiva y política. Shibboleth se vuelve un dispositivo de afectación masiva, una interferencia en la vida normalizada del museo. Frente a la neutralidad blanca del cubo moderno, la grieta interrumpe con su forma física abrupta y su memoria implícita de exclusión y diferencia.

Esta dimensión espacial del cuerpo desorientado se relaciona también con prácticas arquitectónicas contemporáneas que exploran la inestabilidad como recurso. El arquitecto japonés Junya Ishigami, por ejemplo, diseña estructuras donde los límites se diluyen, los techos flotan y las columnas parecen imposibles. En Kanagawa Institute of Technology Workshop (2008), decenas de columnas delgadas y colocadas de forma aparentemente arbitraria producen una sensación de inestabilidad visual que exige un movimiento corporal cuidadoso, como si el espacio pudiera colapsar. Aquí, el cuerpo también se activa desde la desconfianza y desde la tensión. El habitar se vuelve consciente, se camina con precaución, se mira dos veces y se siente el entorno (Figura 2).

Este tipo de experiencias espaciales, lejos de ser defectos, son oportunidades para pensar una arquitectura ética, donde el cuerpo no sea tratado como una máquina funcional, sino como un sujeto vulnerable, sensible y afectable. Frente a la arquitectura de lo controlado, de la comodidad total, Salcedo e Ishigami proponen otra posibilidad: una arquitectura que se quiebra, que se abre, que exige cuidado. El cuerpo en esos espacios se vuelve más humano, no por lo que domina, sino por lo que siente.

Además, esta arquitectura y este arte proponen otra relación con el tiempo; no se trata de un espacio para recorrer rápidamente, sino para detenerse, para interrumpir la marcha habitual. Salcedo lo menciona en distintas ocasiones: su trabajo no busca ser comprendido de inmediato, sino ser vivenciado desde el silencio. La grieta no grita, la grieta murmura, y ese murmullo sólo puede oírse si el cuerpo se detiene, si se escucha con precaución y si se acepta el desconcierto como punto de partida. Esto también es un gesto político, en un mundo donde todo debe ser productivo, inmediato y legible, habitar lo inestable es una forma de resistencia.

En conclusión, habitar lo inestable no es un fracaso, sino una estrategia. Al interrumpir la orientación habitual del cuerpo, estas obras y espacios abren nuevas formas de atención, de presencia y de empatía. Nos recuerdan que el espacio arquitectónico no es un fondo neutro, sino un campo de afectos, de tensiones y de posibilidades. En tiempos de crisis global, desorientarse puede ser el primer paso para volver a mirar el mundo con otros ojos y con otro cuerpo.


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