DONDE EL CUERPO NO HABITA: ARQUITECTURA Y PERCEPCIÓN EN LA ERA DEL VACÍO SENSORIAL
“[La piel] es el más antiguo y sensible de nuestros órganos, nuestro primer medio de comunicación y nuestro protector más eficaz […]. Incluso la transparente córnea del ojo está recubierta por una capa de piel modificada […]. El tacto es el padre de nuestros ojos, orejas, narices y bocas. Es el sentido que pasó a diferenciarse en los demás, un hecho que parece reconocerse en la antiquísima valoración del tacto como ‘la madre de todos los sentidos.”
- Ashley Montagu
“¿Qué otra cosa podría expresar el pintor o el poeta más que su encuentro con el mundo?”
- Maurice Merleau-Ponty
En la arquitectura contemporánea, dominada por la visualidad, la representación y el espectáculo, se ha erosionado progresivamente la experiencia encarnada del espacio. El cuerpo —como centro perceptivo y cognitivo— ha sido desplazado por una mirada abstracta que diseña desde la distancia y no desde la vivencia. Este ensayo, apoyado en las ideas de Los ojos de la piel de Juhani Pallasmaa y en los fundamentos fenomenológicos de Martin Heidegger y Maurice Merleau-Ponty, reflexiona críticamente sobre este desplazamiento, abordando cómo la pérdida de la percepción corpórea y de la visión periférica empobrece nuestros entornos construidos. Desde allí, se propone una reorientación radical de la arquitectura hacia lo sensible, lo habitable y lo humano.
I. El olvido del cuerpo como raíz del empobrecimiento espacial
La arquitectura, en su origen, no fue un acto de geometría, ni un cálculo funcionalista, ni un espectáculo visual. Fue el gesto ancestral de proteger, de acoger, de hacer posible el estar en el mundo. En su forma más esencial, diseñar un espacio era esculpir un lugar para la existencia humana. Hoy, sin embargo, asistimos a una inversión de esta lógica: la arquitectura ha dejado de ser un medio para habitar y se ha convertido en una imagen para consumir.
Esta transformación responde a una degradación más profunda: el olvido del cuerpo como centro de la experiencia. La arquitectura contemporánea, en su afán por el impacto visual, ha desplazado la percepción encarnada. Se construye para ser vista desde un dron, desde una pantalla, desde una retina disociada. La mano, la piel, el oído, la respiración, quedan fuera del proyecto. La consecuencia de este fenómeno es clara: nos movemos por ciudades que no sentimos. Caminamos por espacios sin afecto, sin temperatura, sin peso.
Lo que se pierde en este proceso no es solo una estética sensorial, sino una dimensión ontológica. El cuerpo no es un instrumento secundario de la percepción, sino su punto de partida. No habitamos el mundo desde el pensamiento abstracto, sino desde nuestra carne que se desplaza, que se orienta, que recuerda. Como afirmaba Merleau-Ponty, “el cuerpo no es un objeto en el mundo, sino nuestro medio de comunicación con él” (Merleau-Ponty, Fenomenología de la percepción, 1945). Al eliminar el cuerpo del diseño arquitectónico, se elimina la posibilidad de experiencia profunda. Y sin experiencia, no hay lugar: solo hay superficie.
II. La visión periférica y la desafección urbana
Uno de los síntomas más evidentes de este empobrecimiento es el debilitamiento de la visión periférica. No se trata aquí de un concepto fisiológico, sino existencial. La visión periférica es el campo de resonancia afectiva de un espacio. Es lo que nos permite percibir atmósferas, sentir el tono emocional de un lugar, comprender sin pensar, pertenecer sin analizar. Es una forma de conciencia espacial que opera en lo lateral, en lo difuso, en lo pre-reflexivo.
Juhani Pallasmaa lo señala con claridad en Los ojos de la piel: “Una de las razones por las que los escenarios arquitectónicos y urbanos de nuestro tiempo tienden a hacer que nos sintamos como unos forasteros […] es su pobreza en el campo de la visión periférica” (Pallasmaa, 2014, p. 15). La arquitectura se ha reducido a un espectáculo frontal y limitado, pensado para la cámara más que para el cuerpo.
Los entornos urbanos actuales están diseñados para la visión frontal, fotogénica, rectilínea. Espacios pensados para el ojo del turista o del algoritmo de redes sociales. La arquitectura se convierte en fondo escénico, no en hogar. El ojo, aislado de los demás sentidos, se convierte en el dueño de la percepción. Y allí donde domina el ojo, el cuerpo se convierte en espectador pasivo, ajeno, errante.
La consecuencia emocional de este fenómeno es el extrañamiento. Nos sentimos forasteros en nuestras propias ciudades. No porque sean desconocidas, sino porque no nos devuelven ningún eco. Los materiales no hablan, los ritmos no acogen, las texturas no nos rozan. En contraste con la densidad simbólica de los entornos históricos o naturales —donde cada piedra y cada sombra cargan un significado—, los espacios contemporáneos aparecen como vacíos sin resonancia. La neutralidad, deja de ser algo positivo y se convierte en una forma de alienación, es decir, una sensación de estar fuera de lugar o perdido, sin conexión emocional.
III. Arquitectura como extensión del cuerpo, no como representación del ego
Recuperar una arquitectura verdaderamente humana exige una reorientación radical: dejar de diseñar desde el ojo externo y comenzar a proyectar desde el cuerpo. El cuerpo no como una medida abstracta (el famoso “hombre de Vitruvio”), sino como ser viviente, frágil, sensible, situado en el tiempo y en el mundo. Una arquitectura encarnada no es aquella que imita las formas del cuerpo, sino aquella que prolonga sus facultades, que amplía su mundo, que lo protege y lo desafía.
No se trata, por tanto, de una cuestión estilística o formal. No basta con revestir de madera los edificios o agregar texturas “cálidas”. Se requiere una transformación del pensamiento. Se necesita diseñar escuchando, no imponiendo. Permitir que el espacio emerja desde las fuerzas del lugar, desde sus luces, sus sonidos, sus memorias. Entender que cada material tiene una voz, que cada sombra puede ser hogar, que cada recorrido activa una temporalidad propia.
Martin Heidegger escribió que “habitar es la manera en que los mortales son en la tierra” (Construir, habitar, pensar, 1951). Esta afirmación nos obliga a entender el espacio como co-extensión de nuestra forma de ser. El diseño arquitectónico, desde esta óptica, no es un gesto de dominio técnico, sino un acto de cuidado y revelación. Heidegger también sugiere que los lugares surgen cuando algo significativo acontece en ellos. En ese sentido, el espacio arquitectónico debe ser capaz de convocar, no solo contener.
IV. Contra el espejismo digital: presencia frente a representación
En la era de la virtualización, este desafío se hace aún más urgente. La arquitectura contemporánea está cada vez más mediatizada por herramientas digitales que, si bien ofrecen nuevas posibilidades, también acentúan la disociación entre el cuerpo y el espacio. La representación gráfica reemplaza a la experiencia real. Se diseña desde la pantalla, no desde el suelo. El render sustituye al habitar.
Esta lógica produce espacios perfectos en imagen, pero estériles en vivencia. Entornos donde todo es visible, pero nada se siente. Una arquitectura que seduce al ojo, pero no aloja la vida. Frente a esta situación, es necesario reivindicar el valor de la presencia. No hay sustituto para el estar allí. La arquitectura cobra sentido solo cuando alguien la recorre, la toca, la escucha. Sin cuerpo, no hay espacio.
Es en este punto donde la fenomenología se presenta no como una teoría estética más, sino como una ética del habitar. Diseñar para los sentidos no es un lujo, sino una responsabilidad. Porque solo cuando un espacio acoge nuestros sentidos, puede comenzar a acoger nuestra historia, nuestra vulnerabilidad, nuestro estar en el mundo.
V. Hacia una arquitectura de la resonancia
El futuro de la arquitectura no puede estar en el espectáculo ni en la tecnificación total del espacio. Su tarea más profunda es restablecer el vínculo roto entre el ser humano y el mundo. Hacer del espacio un lugar otra vez. Esto implica reconocer que la percepción no es un proceso óptico, sino una experiencia multisensorial, afectiva, encarnada.
Una arquitectura de la resonancia no busca deslumbrar, sino conmover. No quiere imponerse, sino acompañar. Se mide no por su originalidad formal, sino por su capacidad de convertirse en paisaje interior. El espacio habitable es aquel que, sin gritar, deja una huella en nuestra memoria táctil.
Restituir la centralidad del cuerpo, reactivar la visión periférica, diseñar para la presencia y no para la representación: estos son algunos de los caminos para reconquistar una arquitectura que no solo se vea, sino que se sienta. Por supuesto, no es una tarea fácil. Implica desaprender, o dicho de otro modo, redefinir muchas certezas modernas. Pero quizás sea el único camino para volver a hacer del espacio algo que podamos llamar, de nuevo, hogar.
Muy interesante la reflexión acerca del "espejismo digital", pienso que un ejemplo muy claro de esta idea es el nominado al Lapiz de Acero de este año: el CEFE Chapinero, que finalmente se convierte en un edificio de instagram, todas sus fotos en Instagram y todos sus videos de TikTok están llenos de likes y comentarios.
ResponderEliminarSin embargo al ir al edificio, si bien hay un esfuerzo evidente por abrir el espacio al público y que se permita recorrer sin fronteras, puede llegar a convertirse en una banalidad del espacio público en si mismo, cuando ya despues del cuarto piso las escaleras y pasillos se van conviertiendo cada vez mas angostos y no permite la correcta transición entre ellos, o cuando al llegar al último nivel, pareciera no estar resuelta la cubierta y se siente como un espacio vacío que además se ve bastante afectado por temas de lluvia.
Como dices tu, es una arquitectura que esta pensada para ser vista desde una fotografía de drone.